Hoy estaba caminando, pensando en todo lo que ha pasado últimamente en mi vida, y por supuesto, preocupándome por adelantado, planteando escenarios catastróficos, haciendo que me doliera el corazón… me había levantado a las 2 de la mañana por una pesadilla: que me daba cáncer otra vez, pero ahora, la imagen que veía, era la de mi hijo rapándome, yo sentada frente a un espejo, viendo su reflejo, con la máquina en la mano, pasándola por mi cráneo, y los mechones de pelo cayendo al piso.
Llegó un momento en el que pensé: Ivonne para. Para de pensar pendejadas. Y me di cuenta de que este tipo de funcionamiento mental es el que me ha acompañado toda mi vida, y que, además, me ha servido. Pero hoy, en esta etapa, no me está haciendo bien. Y pensé:
“Querida ansiedad: gracias por querer cuidarme. Pero hoy, por lo menos hoy, la realidad está siendo bastante amable conmigo.”
No nació como una frase bonita para una imagen. Nació de una conversación conmigo misma.
La ansiedad tiene una característica muy curiosa: casi siempre habla con absoluta certeza. No dice “tal vez algo salga mal”. Dice: “esto va a salir mal”. No pregunta. Afirma.
Vivir desde ahí termina reaccionando no a la realidad, sino a una versión imaginada de ella. Pero quiero aclarar algo. La ansiedad no es el enemigo.
La meta no es dejar de sentir ansiedad. La ansiedad existe porque nuestra mente intenta protegernos. Es un sistema de alarma extraordinariamente útil cuando existe un peligro real. El problema aparece cuando esa alarma comienza a sonar frente a amenazas imaginadas, futuras o exageradas.
El psicólogo Kahneman explica que nuestro cerebro está diseñado para detectar riesgos antes que oportunidades. Desde un punto de vista evolutivo tiene mucho sentido: sobrevivieron quienes sospechaban del ruido entre los arbustos antes de descubrir si era solo el viento.
Nuestro cerebro no fue diseñado para hacernos felices. Fue diseñado para mantenernos vivos. El problema es que esas dos cosas no siempre coinciden.
Lo que imaginamos también produce emociones reales
Nuestra vida emocional no responde únicamente a lo que ocurre afuera, sino también a la manera en que representamos internamente lo que ocurre. No reaccionamos solamente ante los hechos, sino ante el significado que les damos.
Freud ya señalaba que la ansiedad muchas veces aparece como una señal interna que anticipa un peligro, incluso antes de que ese peligro exista realmente.
Por eso podemos sentir un nudo en el estómago antes de una conversación que todavía no sucede, sufrir por una pérdida que aún no ocurre o dar por terminada una relación que sigue exactamente igual que ayer.
Nuestro cuerpo responde como si aquello ya estuviera pasando. Y, mientras tanto… La realidad sigue esperando pacientemente a que la miremos.
A veces la ansiedad empieza a escribir el guion completo de mi día, pero quisiera intentar hacerme una pregunta…
¿Qué evidencia tengo de que esto está ocurriendo… hoy?
No sé que va a pasar mañana, nadie sabe. No puedo responder un “¿y si…?”, no puedo depender de un “seguramente…”. Me gustaría poder siempre pensar en la evidencia que tengo hoy. Porque en mi he tenido la fortuna de que la realidad es bastante menos hostil que mi imaginación.
Que la persona sí respondió. Que el estudio salió bien. Que nadie está enojado conmigo. Que el silencio no significaba rechazo. Que el café sigue caliente (o en su defecto, lo puedo calentar). Que sigo respirando.
Mi vida no es perfecta, pero es buena y la ansiedad tiende a hablar antes de que la realidad tenga oportunidad de hacerlo.
La realidad también merece un lugar en la conversación
Winnicott hablaba de que la salud mental tiene que ver con desarrollar la capacidad de vivir creativamente al mismo tiempo que tenemos contacto con la realidad. Que cosa más linda, ¿no?
No se trata de convencernos de que “todo va a salir bien”. Eso sería otra fantasía. O sea, tampoco. Se trata de permanecer disponibles para descubrir cómo son realmente las cosas, en lugar de asumir que ya conocemos el final de la historia.
La ansiedad seguirá apareciendo algunas veces. Y probablemente siempre tendrá buenas intenciones. Después de todo, quiere cuidarnos. Pero no siempre necesita tener la última palabra. A veces basta con responderle, con mucha ternura:
“Gracias por intentar protegerme. Pero hoy, por lo menos hoy, la realidad está siendo bastante amable conmigo.”
Me parece una forma mucho más compasiva de encontrar la paz.
Referencias
Freud, S. (1976). Inhibición, síntoma y angustia (J. L. Etcheverry, Trad.). Amorrortu. (Obra original publicada en 1926).
Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Gedisa.