Feliz porque sí

Un lugar para volver a ti

  • Querida ansiedad: gracias por querer cuidarme

    Hoy estaba caminando, pensando en todo lo que ha pasado últimamente en mi vida, y por supuesto, preocupándome por adelantado, planteando escenarios catastróficos, haciendo que me doliera el corazón… me había levantado a las 2 de la mañana por una pesadilla: que me daba cáncer otra vez, pero ahora, la imagen que veía, era la de mi hijo rapándome, yo sentada frente a un espejo, viendo su reflejo, con la máquina en la mano, pasándola por mi cráneo, y los mechones de pelo cayendo al piso.

    Llegó un momento en el que pensé: Ivonne para. Para de pensar pendejadas. Y me di cuenta de que este tipo de funcionamiento mental es el que me ha acompañado toda mi vida, y que, además, me ha servido. Pero hoy, en esta etapa, no me está haciendo bien. Y pensé:

    “Querida ansiedad: gracias por querer cuidarme. Pero hoy, por lo menos hoy, la realidad está siendo bastante amable conmigo.”

    No nació como una frase bonita para una imagen. Nació de una conversación conmigo misma.

    La ansiedad tiene una característica muy curiosa: casi siempre habla con absoluta certeza. No dice “tal vez algo salga mal”. Dice: “esto va a salir mal”. No pregunta. Afirma.

    Vivir desde ahí termina reaccionando no a la realidad, sino a una versión imaginada de ella. Pero quiero aclarar algo. La ansiedad no es el enemigo.

    La meta no es dejar de sentir ansiedad. La ansiedad existe porque nuestra mente intenta protegernos. Es un sistema de alarma extraordinariamente útil cuando existe un peligro real. El problema aparece cuando esa alarma comienza a sonar frente a amenazas imaginadas, futuras o exageradas.

    El psicólogo Kahneman explica que nuestro cerebro está diseñado para detectar riesgos antes que oportunidades. Desde un punto de vista evolutivo tiene mucho sentido: sobrevivieron quienes sospechaban del ruido entre los arbustos antes de descubrir si era solo el viento.

    Nuestro cerebro no fue diseñado para hacernos felices. Fue diseñado para mantenernos vivos. El problema es que esas dos cosas no siempre coinciden.

    Lo que imaginamos también produce emociones reales

    Nuestra vida emocional no responde únicamente a lo que ocurre afuera, sino también a la manera en que representamos internamente lo que ocurre. No reaccionamos solamente ante los hechos, sino ante el significado que les damos.

    Freud ya señalaba que la ansiedad muchas veces aparece como una señal interna que anticipa un peligro, incluso antes de que ese peligro exista realmente.

    Por eso podemos sentir un nudo en el estómago antes de una conversación que todavía no sucede, sufrir por una pérdida que aún no ocurre o dar por terminada una relación que sigue exactamente igual que ayer.

    Nuestro cuerpo responde como si aquello ya estuviera pasando. Y, mientras tanto… La realidad sigue esperando pacientemente a que la miremos.

    A veces la ansiedad empieza a escribir el guion completo de mi día, pero quisiera intentar hacerme una pregunta…

    ¿Qué evidencia tengo de que esto está ocurriendo… hoy?

    No sé que va a pasar mañana, nadie sabe. No puedo responder un “¿y si…?”, no puedo depender de un “seguramente…”. Me gustaría poder siempre pensar en la evidencia que tengo hoy. Porque en mi he tenido la fortuna de que la realidad es bastante menos hostil que mi imaginación.

    Que la persona sí respondió. Que el estudio salió bien. Que nadie está enojado conmigo. Que el silencio no significaba rechazo. Que el café sigue caliente (o en su defecto, lo puedo calentar). Que sigo respirando.

    Mi vida no es perfecta, pero es buena y la ansiedad tiende a hablar antes de que la realidad tenga oportunidad de hacerlo.

    La realidad también merece un lugar en la conversación

    Winnicott hablaba de que la salud mental tiene que ver con desarrollar la capacidad de vivir creativamente al mismo tiempo que tenemos contacto con la realidad. Que cosa más linda, ¿no?

    No se trata de convencernos de que “todo va a salir bien”. Eso sería otra fantasía. O sea, tampoco. Se trata de permanecer disponibles para descubrir cómo son realmente las cosas, en lugar de asumir que ya conocemos el final de la historia.

    La ansiedad seguirá apareciendo algunas veces. Y probablemente siempre tendrá buenas intenciones. Después de todo, quiere cuidarnos. Pero no siempre necesita tener la última palabra. A veces basta con responderle, con mucha ternura:

    “Gracias por intentar protegerme. Pero hoy, por lo menos hoy, la realidad está siendo bastante amable conmigo.”

    Me parece una forma mucho más compasiva de encontrar la paz.


    Referencias

    Freud, S. (1976). Inhibición, síntoma y angustia (J. L. Etcheverry, Trad.). Amorrortu. (Obra original publicada en 1926).

    Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.

    Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Gedisa.


  • Cuando pensamos en la formación de niños y jóvenes solemos imaginar grandes conversaciones: hablar de valores, de respeto, de disciplina, de esfuerzo. ¡Naahhhhhh!

    La ética no se transmite en discursos, en consejos, en largas pláticas sobre lo que está bien y lo que está mal. La enseñamos en los pequeños actos cotidianos que los adultos realizamos frente a los niños y jóvenes.

    En cómo reaccionamos cuando algo sale mal.

    En cómo enfrentamos perder.

    En cómo tratamos a los demás.

    En si respetamos o no las reglas cuando nos conviene.

    Los niños y los jóvenes observan mucho más de lo que creemos. No solo escuchan lo que decimos: aprenden de lo que hacemos.

    Por eso, cada pequeño atajo que tomamos para facilitar las cosas, para evitar una incomodidad o para obtener un resultado más favorable, también se convierte en una enseñanza.

    A veces sucede en cosas aparentemente pequeñas: justificar una trampa “porque todos lo hacen”, encontrar una forma de saltarse una regla “solo esta vez”, o doblar un poco las normas porque el resultado importa demasiado.

    En el mundo de los adultos estas decisiones pueden parecer insignificantes. Incluso pueden parecer estrategias.

    Pero para un niño o un adolescente, esos momentos son profundamente formativos.

    Aprenden algo que ningún discurso puede contradecir, que las reglas se respetan… hasta que estorban. Aprenden que ganar puede ser más importante que jugar limpio, que el resultado puede valer más que el proceso.

    Y lo más curioso, y a veces lo más triste, es que incluso cuando se gana, algo se pierde: la sensación de logro propio, el orgullo de haberlo conseguido con el propio esfuerzo, la experiencia tan importante de poder decir «esto lo hicimos nosotros».

    Cuando los adultos intervenimos para asegurar el resultado, muchas veces lo hacemos pensando que ayudamos.

    Pero sin querer, también les quitamos la oportunidad de atravesar algo fundamental para el crecimiento: la frustración, la repetición del intento y la construcción de la confianza en sí mismos.

    Aprender a perder también forma carácter.

    Perder enseña humildad, enseña resiliencia, enseña trabajo en equipo y enseña que el valor de lo que hacemos no depende únicamente del resultado final.

    La verdadera formación no está en evitar las derrotas.

    Está en enseñar que el juego, sea en el deporte, en la escuela o en la vida, se juega con integridad. Los niños y los jóvenes no solo aprenden a jugar. Aprenden CÓMO jugar el juego de la vida.

    Y nosotros, los adultos que los rodeamos (padres, maestros, coaches, tíos) somos quienes, muchas veces sin darnos cuenta, estamos escribiendo las reglas.

  • ¡Somos adultos, por Dios!

    ¿Has escuchado esa frase? O peor, ¿te la han dicho?

    A veces no importa que seamos adultos. Tenemos heridas, traumas, dolores que nadie ve. Y hay cosas que los detonan, que los activan, y entonces reaccionamos… no de la mejor manera.

    Claro que somos adultos, y lo ideal sería hacernos responsables de esas heridas, traumas y dolores. Pero hay momentos en los que eso es MUY difícil.

    Yo llevo años en terapia, y me sigue pasando. Hay cosas que me desencadenan recuerdos dolorosos y reacciono desde ahí. Muchas veces me doy cuenta y trato de reparar lo que haya causado mi reacción. Pero otras veces no.

    La mayor parte del tiempo me pregunto si estoy haciendo lo mejor o lo más sano, y continuamente me doy cuenta de lo mucho que me falta entender y pensar de mí misma.

    Cuando se trata de voltear a verme, me lleno de dudas. Me cuestiono mis decisiones y opiniones, y me doy cuenta de que no termino de conocerme. Que me falta un chorro por sanar.

    No importa que ya sea una adulta que ha estudiado la mente por mucho tiempo, que haya estado en terapia más años de los que me gusta admitir, o que haya tenido incontables conversaciones profundas (de esas que te obligan a mirar hacia dentro) con personas importantes en mi vida.

    Siempre hay un punto ciego. Algo de lo que no estoy segura.

    Y es entonces cuando me doy cuenta de que también eso (el no estar segura) es parte de lo humano. Porque la certeza sería, en realidad, terriblemente peligrosa.

    Ahí está lo fino de la mente.

    La certeza es territorio de quienes no admiten lo subjetivo.
    Y lo subjetivo es, justamente, desde donde nos relacionamos con los demás.

    Y quizás la pregunta más angustiante no es si vamos a sanar…
    sino si alguna vez vamos a terminar de hacerlo.

    Yo creo que el trabajo interno no termina, porque la vida siempre nos va a traer un reto: en el ámbito de la pareja, del trabajo, de la escuela, de las amistades, en la dificultad para estar con nosotros mismos, en las decisiones que tomamos, en las decepciones que vivimos, en las expectativas que tenemos sobre quiénes deberíamos ser.

    Y no estoy diciendo que haya que estar en terapia toda la vida. Estoy diciendo que es importante hacernos responsables de lo que tenemos pendiente, o de los nuevos retos que tenemos enfrente.

    Hay que observarnos.
    Escuchar a quienes nos rodean.
    Tomar decisiones nuevas.
    Acomodar, una vez más, nuestra vida.

    Eso es responsabilidad con nosotros mismos.
    Y, por supuesto, con los demás.

    Creo que eso toca una de las muchas cosas que significan la salud mental.

    Porque nuestras heridas no sólo nos afectan a nosotros.

    También afectan la manera en la que amamos, trabajamos, decidimos, criamos, confiamos o nos alejamos.

    Hacernos responsables de ellas no es sólo un acto de cuidado personal,
    es también un acto de cuidado hacia los demás.

  • El vacío que honra el vínculo

    El Día de Muertos es más que solo una tradición, es un profundo y sofisticado trabajo de duelo. Esta fecha nos confronta con la esencia misma de la pérdida.

    Cuando un ser querido se va, experimentamos una herida, seguida por lo que Freud denominó el «trabajo del duelo»: el doloroso proceso de desasimiento del objeto amado que ya no está. Esta labor no busca la sustitución del otro, sino la reconfiguración del propio mundo interno sin su presencia física. El vacío, esa sensación punzante que nos atraviesa, no es un mero «estar sin», sino el espacio psíquico que ha dejado el vínculo que nos constituyó.

    Aquí es donde el recuerdo cobra su valor y trasciende. Recordar, más allá de la simple memoria, es un acto de unión. Al traer a la luz los gustos, anécdotas, colores favoritos de la persona amada ahora pérdida, no negamos la muerte, por el contrario, la aceptamos y la integramos. Transformamos la ausencia física en una presencia simbólica que perdura y nos sigue nutriendo.

    El Día de Muertos es un mecanismo de sublimación cultural. Nos permite transformar la angustia y el horror de lo real de la muerte en un ritual bello y festivo. Al colocar la foto en el altar, al invocar su nombre, lo separamos del cuerpo inerte y lo elevamos al plano de lo simbólico, donde la persona vive eternamente en el discurso y el corazón de los que se quedan.

    Si bien el dolor del duelo es ineludible, un indicador de la intensidad con la que amamos, la invitación de esta fecha es a resignificar el vacío. No a taparlo o evitarlo, sino a observarlo, a vivir la huella de ese amor que fue real y que ahora convoca una nueva forma de relación.

    Démonos permiso de sentir y honrar el dolor sin juicio, de honrar nuestra relación en un recuerdo activo, de darnos cuenta de que aunque la vida sigue, somos poseedores de un legado, de aprendizajes y de un amor que va más allá.

    El recuerdo no es un ancla al pasado, sino el puente que nos permite avanzar. Es la confirmación de que aquello que amamos, y que nos marcó, es parte intrínseca de lo que somos hoy.

    #DíaDeMuertos #Duelo #Psicoanálisis #Vínculo #Ofrenda #SaludMental

  • “Tu tarea no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar dentro de ti todas las barreras que has construido contra él.”

    Rumi

    Hay momentos en la vida en los que el dolor amenaza con endurecernos. A veces, es más fácil cerrar el corazón que permitirnos sentir. Pero justo ahí, en ese instante de vulnerabilidad, es cuando más necesitamos recordar que el amor no es debilidad. Es coraje.

    En tiempos de sufrimiento, decepción o traición, la idea de “elegir el amor” puede parecer ingenua. Pero no lo es. Es una forma radical de autocuidado y, en muchos casos, el primer paso hacia una salud mental más íntegra.

    Desde el psicoanálisis, se reconoce que los mecanismos de defensa que desarrollamos —como la negación, la represión, o incluso la agresión— surgen como una forma de protegernos del dolor psíquico. Pero cuando esos mecanismos se convierten en nuestra única forma de relación con el mundo, nos aíslan. Nos separan no solo de los demás, sino también de nosotros mismos.

    Elegir no vengarse, no responder con odio, no cerrar el corazón, es ir contracorriente. Es hacer el trabajo interno que la mente muchas veces evita pero que el alma necesita.

    Requiere estar dispuesto a mirar de frente nuestras heridas, a hacer espacio para el llanto, para la rabia, para las memorias que nos duelen. A veces, ese proceso se da en soledad.

    Freud escribió que “el yo no es dueño en su propia casa”. Muchas de nuestras reacciones automáticas nacen del inconsciente, del dolor no elaborado. Por eso, el trabajo terapéutico no se trata solo de entender con la mente, sino de transformar con el alma. Y eso lleva tiempo, paciencia y mucho amor propio.

    El deseo de venganza es humano, pero también lo es la capacidad de transformar ese deseo en otra cosa. En compasión. En límite sano. En libertad interior.

    En lugar de quedar atrapados en el ciclo del resentimiento, podemos elegir caminos más amables para procesar lo que nos pasa: escribir, llorar, caminar, hablar, hacer terapia, practicar la pausa. Pequeños actos que, poco a poco, van suavizando lo endurecido.

    No se trata de negar lo que duele, sino de no quedarnos a vivir allí.

    Porque al final, como dice Rumi, el amor es el puente entre tú y todo.


    ¿Y si empezamos hoy?

    Pregúntate:
    ¿Dónde estoy reaccionando desde el dolor y no desde el amor?
    ¿Qué barrera dentro de mí está pidiendo ser reconocida y transformada?

    Compartir este tipo de reflexiones no es solo un acto personal. También puede ser una forma de sembrar. A veces, una sola semilla de amor puede abrir grietas incluso en el suelo más duro.


    Si te gustó esta entrada, compártela con alguien con quien tengas diferencias. No para convencer, sino para conectar.

    Porque el mundo no necesita más argumentos. Necesita más puentes.

  • Si cada vez que alguien te dice “me dolió” te pones a la defensiva, no estás listo para el amor

    No es un ataque. Es un intento de acercamiento.

    Pero en cuanto alguien nos señala algo de nuestro comportamiento, lo convertimos en una guerra.

    Nos dicen: “Esto me hizo daño” y escuchamos: “Eres un fracaso”. Entonces nos cerramos, nos ponemos fríos, nos preparamos para defendernos.

    Se trata de nuestro ego, no del dolor del otro.

    No nos están pidiendo perfección. Nos están pidiendo que nos importe.

    Pero en lugar de escuchar, torcemos las palabras, devolvemos la culpa, y les hacemos dudar de si están exagerando.

    Y de pronto, el problema no es lo que hicimos, sino que el otro sintió.

    Como si necesitar algo de nosotrxs lo convirtiera en un villano.

    Todo porque no somos capaces de sostenernos frente al espejo cinco minutos sin ganas de romperlo.

    La verdad es que no nos piden tanto:

    Solo esto: escúchame, mírame, haz que te importe.

    Pero en vez de eso, hacemos que el otro sienta que está perdiendo la cabeza. Le hacemos dudar de su intuición. Convertimos su vulnerabilidad en la escena de un crimen emocional.

    Y luego nos preguntamos por qué se alejan, por qué ya no confían, por qué lloran a solas y le cuentan a alguien más en vez de contarnos a nosotrxs.

    Una persona emocionalmente segura no se enoja cuando la otra le dice que algo le dolió.

    Escucha.

    Incluso cuando duele. Incluso cuando todo el cuerpo quiere gritar: “¡Yo no fui!”.

    Porque el amor real no se trata de estar cómodxs todo el tiempo.

    Se trata de quedarse cuando la conversación incomoda.

    De no desaparecer. De no gaslightear.

    De no llamar “demasiado sensible” a quien solo se atrevió a necesitar algo de ti.

    Queremos vínculos con gente emocionalmente madura, pero a la primera de cambio huimos del vínculo sano.

    Decimos que queremos profundidad, pero no aguantamos ni cinco centímetros de verdad.

    Si tu primera reacción ante la retroalimentación es enojarte o huir, no estás listx para una relación.

    Estás buscando un altar para tu ego, no un vínculo real.

    Y eso, que quede claro, no es amor.

    Es miedo disfrazado de autenticidad.

    Así que si no puedes sostener el espacio para la verdad del otro, no te llames buena persona.

    No llames “difícil” a quien solo te está mostrando lo que le duele.

    Y no llames amor a algo que no es más que comodidad emocional para una sola parte.

    Porque el amor escucha.

    Incluso cuando es incómodo.

    Especialmente cuando es incómodo.

    Y si no puedes hacer eso…

    El problema no es la otra persona.

    Eres tú.

    Esto no va de señalar a un género.

    Va de señalar a quienes piden vínculos profundos pero se desmoronan ante el primer “esto me dolió”.

    El dolor no es una amenaza.

    Es una invitación.

    Y si frente a la invitación eliges la defensa en lugar de la profundidad, no quieres amor:

    quieres comodidad.

    No puedes ser emocionalmente inaccesible y esperar que te amen sin condiciones.

    Si alguna vez alguien te hizo sentir que eras “demasiado” solo por necesitar algo real, mándale esto.

    Y si alguna vez fuiste quien no supo sostener… léelo dos veces.

  • Cuando la vida pesa y no sabes por qué

    Es terrible sentir que no puedes con tu propia vida.
    Que tus responsabilidades diarias, esas que has hecho siempre, sin pensarlo demasiado, de repente, por algo, ya no puedes cumplirlas.
    Un sentimiento de inutilidad e impotencia se instala sin pedir permiso.
    Y con él, llega la frustración. Mucha.

    Frustración por no reconocer el cuerpo que habitas, por no entender por qué cuesta tanto levantarse, concentrarse, hablar, comer, sostener una conversación, cuidar lo que amas.
    Frustración porque el mundo sigue igual de demandante mientras tú te sientes distinto, roto, como si algo se hubiera apagado adentro y no sabes cómo volver a encenderlo.

    Y encima, la culpa. Porque “no tienes razones para estar así”, porque “hay gente que está peor”, porque “deberías estar agradecido”. Como si sentirte mal necesitara una justificación lógica.

    La mente se llena de ruido. Te repites que eres flojo, que no estás haciendo suficiente, que se te va la vida mientras tú apenas sobrevives el día.
    Pero eso no es verdad.
    Lo que estás haciendo es lo mejor que puedes hacer con los recursos que tienes ahora.
    Y eso, aunque suene poco, es mucho.

    Este cansancio del que hablo no se cura con dormir más. Es un cansancio del alma.
    Un desgaste invisible, acumulado por años de exigencia, perfección, silencios, cuidar a todos y dejarte al final.
    A veces, simplemente llegas al límite.

    No estás solo si te sientes así.
    Y no estás mal.
    No eres débil.
    Estás humano. Estás sintiendo. Estás necesitando una pausa.

    Quizá este momento es una señal. No para rendirte, sino para reencontrarte. Para pedir ayuda. Para nombrar lo que duele. Para volver a empezar, desde un lugar más compasivo contigo mismo.

    No todo se resuelve con fuerza de voluntad. A veces lo que se necesita es ternura, contención, y tiempo.
    Y eso, también es sanar.


    Escrito para quienes se han sentido derrotados.
    Para quienes necesitan recordar que incluso cuando no puedes con todo, sigues siendo valioso.

  • Durante mucho tiempo viví atrapada en la fantasía de que si controlaba cada detalle, podía evitar que me lastimaran. Tenía miedo a las mentiras, a la infidelidad, al abandono. Pensaba que si cuidaba lo suficiente, si anticipaba todo, si estaba siempre atenta, entonces nada malo pasaría.

    Pero no fue así. Entendí, con algo de dolor y también con alivio, que la fidelidad del otro no está en mis manos. Que cuando alguien decide fallar, lo hará sin importar cuántas veces uno haya pedido lo contrario, sin importar cuánto amor, atención o compromiso se haya puesto sobre la mesa.

    Solté el control. Y con él, solté también la sobreexigencia, la vigilancia, la angustia constante. Aprendí a ver a mi pareja como un sujeto separado, con su propio deseo, su historia, sus fantasmas. Alguien con autonomía, con responsabilidad sobre sus actos. Capaz de elegir —para bien o para mal— y de hacerse cargo de sus elecciones.

    De esta forma, es más posible en paz. No porque haya dejado de importarme lo que pase, sino porque aprendí a confiar en mí. Confío en que, si algún día hay una mentira o una traición, lo sabré. No porque la busque, sino porque la verdad retorna siempre. Y confío también en que, si eso sucede, sabré qué hacer. Sabré cómo actuar, cómo hablar, y sobre todo, si debo irme.

    El miedo a la infidelidad es más que una reacción emocional: muchas veces es un eco de un abandono temprano, una herida que se activa ante la sola posibilidad de no ser elegidas. En muchas relaciones amorosas no solo buscamos al otro, sino también a una parte de nosotros que se sintió sola, ignorada o traicionada en otro tiempo. Por eso, cuando alguien nos engaña, no solo duele el presente, se activa una cadena de escenas pasadas que nos devuelven a ese lugar de desamparo original.

    Lo más doloroso, sin embargo, no siempre es la traición en sí, sino quedarnos después, intentando recuperar algo que ya no será igual. Reinstalarnos en un vínculo que, aunque aparentemente intacto, ha perdido la inocencia de lo compartido.

    Por eso, más que buscar garantías externas, el trabajo profundo es otro, necesitamos mirar nuestros propios miedos, nuestras heridas, el modo en que nos aferramos para no volver a ese lugar de pérdida. Aprender a ponernos primero no es egoísmo, es sostén. Es poder decir: si algún día algo duele, sabré cuidarme.

    Porque al final, lo único que realmente está en nuestras manos… es lo que haremos si algo pasa. No evitar que pase.

  • ¿Estás durmiendo lo suficiente?

    Cuando hablamos de salud mental, rara vez pensamos en el descanso como uno de sus pilares fundamentales. Solemos enfocarnos en emociones, pensamientos o incluso en situaciones externas que nos afectan. Sin embargo, la falta de descanso adecuado puede ser el detonante de muchos malestares emocionales, mentales y físicos.

    El cuerpo y la mente están íntimamente conectados. El descanso, particularmente el sueño reparador, no solo permite que nuestro organismo se recupere físicamente, sino que también da espacio a nuestra mente para procesar experiencias, emociones y conflictos. En mi práctica clínica, he notado que muchos pacientes subestiman el impacto de no dormir lo suficiente o de descansar de manera ineficiente.

    Cuando no descansamos bien, nuestra capacidad de pensar claramente se ve afectada. Las emociones se vuelven más intensas y menos manejables. La irritabilidad, la ansiedad e incluso el inicio o la intensificación de la depresión o la ansiedad pueden ser, en muchos casos, consecuencia directa de un sueño insuficiente.

    Desde el enfoque psicoanalítico, podemos entender el descanso como un espacio simbólico en el que procesamos muchas cosas que no somos capaces de pensar durante la vigilia. Es el momento en el que el inconsciente tiene más libertad para desplegar sus narrativas, a través de los sueños o simplemente del acto de “desconectar”. No basta con dormir muchas horas, el sueño debe ser de calidad y estar libre de interrupciones significativas.

    Si sientes que el cansancio y la falta de energía te acompañan constantemente, pregúntate: ¿estoy realmente descansando? Puede ser útil reflexionar sobre tus hábitos de sueño y el significado que tiene el descanso en tu vida cotidiana. Permitirte descansar es también un acto de cuidado hacia ti mismo, un reconocimiento de que necesitas recargar para seguir adelante.

  • 4 señales de que tu relación va por buen camino

    La verdad es que es normal preguntarnos cómo va nuestra relación, yo creo que hasta es sano plantearnos esa pregunta de vez en cuando, y no sólo si estamos casados o en una relación formal, incluso en relaciones casuales o informales.

    Hay datos que no podemos negar, que aunque no tengamos una estadística exacta, todos podemos ver: cada día hay más divorcios, y las rupturas son cada vez más comunes. Y esto puede asustar aquellos que están en una relación formal o con compromiso, porque ¿quién quiere ver cómo sus planes se van a la basura o que le rompan el corazón? Yo creo que casi nadie.

    Yo cada día escucho más que hay gente comprando libros, escuchando podcasts, leyendo artículos o contestando cuestionarios en línea sobre autoayuda en temas de amor y romance, y sobre cuál es el secreto de una relación duradera. Y digo, no suena tan loco, porque es normal tener miedo a separarnos, tanto las relaciones como los matrimonios requieren habilidades, tanto mentales como emocionales.

    Tanto las relaciones como los matrimonios requieren habilidades, tanto mentales como emocionales.

    Cuánto vayamos a pasar con una persona depende del esfuerzo y tiempo que pongamos no sólo en la relación, sino en nosotros mismos. Aunque no lo sepamos, hay señales inconfundibles que dan cuenta de si nuestros vínculos románticos serán duraderos.

    Ya sea que hagamos estas cosas intuitivamente o accidentalmente, podemos estar seguros de que preservarán nuestro amor.

    Somos felices, en los buenos y malos momentos. La felicidad es vital y es posible que la sintamos con regularidad en nuestra relación. Pero la pregunta es, ¿cuándo la sentimos? ¿Nuestra felicidad depende de ciertos comportamientos y situaciones? Todos vamos a pasar por momentos difíciles de vez en cuando. Va a haber desacuerdos, grandes peleas y decepciones. Pero, por debajo de nuestra tristeza o decepción temporal, nuestra felicidad será constante. Como una cosa general digamos. Una pareja verdaderamente exitosa seguirá siendo feliz a pesar de las dificultades que pueda enfrentar.

    Sabemos cómo terminar una discusión. Puede que no siempre podamos controlar nuestras acciones y reacciones, sobre todo esas no tan agradables para el otro que a veces pueden llevarnos a pelear, pero al menos deberíamos saber cómo prevenirlas. Las parejas exitosas conocen los lenguajes del amor de cada uno y actúan en consecuencia. Incluso cuando su ego toma el control, son capaces de volver a su centro y calmarse. Tener la razón no es su objetivo; lo que más les importa es la salud de su relación.

    Satisfacemos las necesidades del otro. Todos tenemos diferentes necesidades emocionales y físicas. Al igual que necesitamos comida y agua para sobrevivir, también necesitamos receptividad emocional y accesibilidad para mantenernos comprometidos en nuestra relación. Definitivamente vamos en la dirección correcta si escuchamos las necesidades de nuestra pareja y nos aseguramos de satisfacerlas. Incluso si no podemos cumplirlas completamente, entendemos su importancia y nos aseguramos de comunicarnos con nuestra pareja para encontrar otra alternativa o solución.

    Por supuesto que existen muchas otras señales que pueden predecir el éxito de una relación. Pero si eres inherentemente feliz, sabes cómo prevenir peleas, escuchas las necesidades de tu pareja y trabajas constantemente en el amor propio, entonces vas por buen camino.