Durante mucho tiempo viví atrapada en la fantasía de que si controlaba cada detalle, podía evitar que me lastimaran. Tenía miedo a las mentiras, a la infidelidad, al abandono. Pensaba que si cuidaba lo suficiente, si anticipaba todo, si estaba siempre atenta, entonces nada malo pasaría.
Pero no fue así. Entendí, con algo de dolor y también con alivio, que la fidelidad del otro no está en mis manos. Que cuando alguien decide fallar, lo hará sin importar cuántas veces uno haya pedido lo contrario, sin importar cuánto amor, atención o compromiso se haya puesto sobre la mesa.
Solté el control. Y con él, solté también la sobreexigencia, la vigilancia, la angustia constante. Aprendí a ver a mi pareja como un sujeto separado, con su propio deseo, su historia, sus fantasmas. Alguien con autonomía, con responsabilidad sobre sus actos. Capaz de elegir —para bien o para mal— y de hacerse cargo de sus elecciones.
De esta forma, es más posible en paz. No porque haya dejado de importarme lo que pase, sino porque aprendí a confiar en mí. Confío en que, si algún día hay una mentira o una traición, lo sabré. No porque la busque, sino porque la verdad retorna siempre. Y confío también en que, si eso sucede, sabré qué hacer. Sabré cómo actuar, cómo hablar, y sobre todo, si debo irme.
El miedo a la infidelidad es más que una reacción emocional: muchas veces es un eco de un abandono temprano, una herida que se activa ante la sola posibilidad de no ser elegidas. En muchas relaciones amorosas no solo buscamos al otro, sino también a una parte de nosotros que se sintió sola, ignorada o traicionada en otro tiempo. Por eso, cuando alguien nos engaña, no solo duele el presente, se activa una cadena de escenas pasadas que nos devuelven a ese lugar de desamparo original.
Lo más doloroso, sin embargo, no siempre es la traición en sí, sino quedarnos después, intentando recuperar algo que ya no será igual. Reinstalarnos en un vínculo que, aunque aparentemente intacto, ha perdido la inocencia de lo compartido.
Por eso, más que buscar garantías externas, el trabajo profundo es otro, necesitamos mirar nuestros propios miedos, nuestras heridas, el modo en que nos aferramos para no volver a ese lugar de pérdida. Aprender a ponernos primero no es egoísmo, es sostén. Es poder decir: si algún día algo duele, sabré cuidarme.
Porque al final, lo único que realmente está en nuestras manos… es lo que haremos si algo pasa. No evitar que pase.
