No es un ataque. Es un intento de acercamiento.
Pero en cuanto alguien nos señala algo de nuestro comportamiento, lo convertimos en una guerra.
Nos dicen: “Esto me hizo daño” y escuchamos: “Eres un fracaso”. Entonces nos cerramos, nos ponemos fríos, nos preparamos para defendernos.
Se trata de nuestro ego, no del dolor del otro.
No nos están pidiendo perfección. Nos están pidiendo que nos importe.
Pero en lugar de escuchar, torcemos las palabras, devolvemos la culpa, y les hacemos dudar de si están exagerando.
Y de pronto, el problema no es lo que hicimos, sino que el otro sintió.
Como si necesitar algo de nosotrxs lo convirtiera en un villano.
Todo porque no somos capaces de sostenernos frente al espejo cinco minutos sin ganas de romperlo.
La verdad es que no nos piden tanto:
Solo esto: escúchame, mírame, haz que te importe.
Pero en vez de eso, hacemos que el otro sienta que está perdiendo la cabeza. Le hacemos dudar de su intuición. Convertimos su vulnerabilidad en la escena de un crimen emocional.
Y luego nos preguntamos por qué se alejan, por qué ya no confían, por qué lloran a solas y le cuentan a alguien más en vez de contarnos a nosotrxs.
Una persona emocionalmente segura no se enoja cuando la otra le dice que algo le dolió.
Escucha.
Incluso cuando duele. Incluso cuando todo el cuerpo quiere gritar: “¡Yo no fui!”.
Porque el amor real no se trata de estar cómodxs todo el tiempo.
Se trata de quedarse cuando la conversación incomoda.
De no desaparecer. De no gaslightear.
De no llamar “demasiado sensible” a quien solo se atrevió a necesitar algo de ti.
Queremos vínculos con gente emocionalmente madura, pero a la primera de cambio huimos del vínculo sano.
Decimos que queremos profundidad, pero no aguantamos ni cinco centímetros de verdad.
Si tu primera reacción ante la retroalimentación es enojarte o huir, no estás listx para una relación.
Estás buscando un altar para tu ego, no un vínculo real.
Y eso, que quede claro, no es amor.
Es miedo disfrazado de autenticidad.
Así que si no puedes sostener el espacio para la verdad del otro, no te llames buena persona.
No llames “difícil” a quien solo te está mostrando lo que le duele.
Y no llames amor a algo que no es más que comodidad emocional para una sola parte.
Porque el amor escucha.
Incluso cuando es incómodo.
Especialmente cuando es incómodo.
Y si no puedes hacer eso…
El problema no es la otra persona.
Eres tú.
Esto no va de señalar a un género.
Va de señalar a quienes piden vínculos profundos pero se desmoronan ante el primer “esto me dolió”.
El dolor no es una amenaza.
Es una invitación.
Y si frente a la invitación eliges la defensa en lugar de la profundidad, no quieres amor:
quieres comodidad.
No puedes ser emocionalmente inaccesible y esperar que te amen sin condiciones.
Si alguna vez alguien te hizo sentir que eras “demasiado” solo por necesitar algo real, mándale esto.
Y si alguna vez fuiste quien no supo sostener… léelo dos veces.