“Tu tarea no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar dentro de ti todas las barreras que has construido contra él.”
Rumi
Hay momentos en la vida en los que el dolor amenaza con endurecernos. A veces, es más fácil cerrar el corazón que permitirnos sentir. Pero justo ahí, en ese instante de vulnerabilidad, es cuando más necesitamos recordar que el amor no es debilidad. Es coraje.

En tiempos de sufrimiento, decepción o traición, la idea de “elegir el amor” puede parecer ingenua. Pero no lo es. Es una forma radical de autocuidado y, en muchos casos, el primer paso hacia una salud mental más íntegra.
Desde el psicoanálisis, se reconoce que los mecanismos de defensa que desarrollamos —como la negación, la represión, o incluso la agresión— surgen como una forma de protegernos del dolor psíquico. Pero cuando esos mecanismos se convierten en nuestra única forma de relación con el mundo, nos aíslan. Nos separan no solo de los demás, sino también de nosotros mismos.
Elegir no vengarse, no responder con odio, no cerrar el corazón, es ir contracorriente. Es hacer el trabajo interno que la mente muchas veces evita pero que el alma necesita.
Requiere estar dispuesto a mirar de frente nuestras heridas, a hacer espacio para el llanto, para la rabia, para las memorias que nos duelen. A veces, ese proceso se da en soledad.
Freud escribió que “el yo no es dueño en su propia casa”. Muchas de nuestras reacciones automáticas nacen del inconsciente, del dolor no elaborado. Por eso, el trabajo terapéutico no se trata solo de entender con la mente, sino de transformar con el alma. Y eso lleva tiempo, paciencia y mucho amor propio.
El deseo de venganza es humano, pero también lo es la capacidad de transformar ese deseo en otra cosa. En compasión. En límite sano. En libertad interior.
En lugar de quedar atrapados en el ciclo del resentimiento, podemos elegir caminos más amables para procesar lo que nos pasa: escribir, llorar, caminar, hablar, hacer terapia, practicar la pausa. Pequeños actos que, poco a poco, van suavizando lo endurecido.
No se trata de negar lo que duele, sino de no quedarnos a vivir allí.
Porque al final, como dice Rumi, el amor es el puente entre tú y todo.
¿Y si empezamos hoy?
Pregúntate:
¿Dónde estoy reaccionando desde el dolor y no desde el amor?
¿Qué barrera dentro de mí está pidiendo ser reconocida y transformada?
Compartir este tipo de reflexiones no es solo un acto personal. También puede ser una forma de sembrar. A veces, una sola semilla de amor puede abrir grietas incluso en el suelo más duro.
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Porque el mundo no necesita más argumentos. Necesita más puentes.