¿Has escuchado esa frase? O peor, ¿te la han dicho?
A veces no importa que seamos adultos. Tenemos heridas, traumas, dolores que nadie ve. Y hay cosas que los detonan, que los activan, y entonces reaccionamos… no de la mejor manera.
Claro que somos adultos, y lo ideal sería hacernos responsables de esas heridas, traumas y dolores. Pero hay momentos en los que eso es MUY difícil.
Yo llevo años en terapia, y me sigue pasando. Hay cosas que me desencadenan recuerdos dolorosos y reacciono desde ahí. Muchas veces me doy cuenta y trato de reparar lo que haya causado mi reacción. Pero otras veces no.
La mayor parte del tiempo me pregunto si estoy haciendo lo mejor o lo más sano, y continuamente me doy cuenta de lo mucho que me falta entender y pensar de mí misma.
Cuando se trata de voltear a verme, me lleno de dudas. Me cuestiono mis decisiones y opiniones, y me doy cuenta de que no termino de conocerme. Que me falta un chorro por sanar.
No importa que ya sea una adulta que ha estudiado la mente por mucho tiempo, que haya estado en terapia más años de los que me gusta admitir, o que haya tenido incontables conversaciones profundas (de esas que te obligan a mirar hacia dentro) con personas importantes en mi vida.
Siempre hay un punto ciego. Algo de lo que no estoy segura.
Y es entonces cuando me doy cuenta de que también eso (el no estar segura) es parte de lo humano. Porque la certeza sería, en realidad, terriblemente peligrosa.
Ahí está lo fino de la mente.
La certeza es territorio de quienes no admiten lo subjetivo.
Y lo subjetivo es, justamente, desde donde nos relacionamos con los demás.
Y quizás la pregunta más angustiante no es si vamos a sanar…
sino si alguna vez vamos a terminar de hacerlo.
Yo creo que el trabajo interno no termina, porque la vida siempre nos va a traer un reto: en el ámbito de la pareja, del trabajo, de la escuela, de las amistades, en la dificultad para estar con nosotros mismos, en las decisiones que tomamos, en las decepciones que vivimos, en las expectativas que tenemos sobre quiénes deberíamos ser.
Y no estoy diciendo que haya que estar en terapia toda la vida. Estoy diciendo que es importante hacernos responsables de lo que tenemos pendiente, o de los nuevos retos que tenemos enfrente.
Hay que observarnos.
Escuchar a quienes nos rodean.
Tomar decisiones nuevas.
Acomodar, una vez más, nuestra vida.
Eso es responsabilidad con nosotros mismos.
Y, por supuesto, con los demás.
Creo que eso toca una de las muchas cosas que significan la salud mental.
Porque nuestras heridas no sólo nos afectan a nosotros.
También afectan la manera en la que amamos, trabajamos, decidimos, criamos, confiamos o nos alejamos.
Hacernos responsables de ellas no es sólo un acto de cuidado personal,
es también un acto de cuidado hacia los demás.
