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Maternajes y otras dichas… que sólo se sobreviven con café 

Tener hijos es una de esas cosas que te pueden hacer tremendamente feliz y… miserable. Los arrumacos en la mañana de pronto se diluyen con los berrinches de la tarde, y el orgullo de un desayuno difícil que se comen como si fuera pan dulce se derrite con la negativa rotunda a cualquier cosa que no sea un chocolate después de las 6 de la tarde. 

A veces parece difícil ser feliz siendo madre. Y quien diga lo contrario miente. Lo he visto en la clínica. Lo he visto con mis amigas. Lo he visto en mi familia. Lo he vivido en carne propia. 

Ser madre no es cosa fácil desde ningún punto de vista. Físicamente es muy desgastante, y emocionalmente ni se diga. Gasta tu cuerpo, tu mente, tu corazón, tu vida de pareja, tu bolsillo, tu tiempo, tu autoestima, tu paciencia, tu cabello y tus ideas. Pero alimenta mucho más. 

Uno de los retos más difíciles para mi ha sido ser feliz siendo madre. He tenido momentos de grandes dudas, y grandes enojos en bases diarias. Y al día de hoy, creo que lo que más me ha funcionado es dejar que las cosas fluyan. Como un río. En temporada de lluvias. De otra forma no hay manera porque parece un arroyo que se está secando y absolutamente todo se atora. Esto quiere decir hacer las paces con traer mocos embarrados en el pantalón, no darte cuenta que la lactancia te traiciona en más de un sentido y traes la blusa manchada sin saber a ciencia cierta desde qué hora, saber que tu hijo va a hacer un berrinche en público (más de una vez, y en diferentes intensidades), que vas a perder la paciencia y a gritarle (por nimiedades del estilo de “tiraste la tonta medicina!!!!!” cuando fueron 5 ml, y no la botella entera, cosa que por cierto, también llega a pasar). 

Si, necesitas dejar que las cosas fluyan como un río a punto de desbordarse, para no desbordarte tú. Aunque con los años tomas práctica y empiezas a darte cuenta de que neto hay cosas que no importan, y que tirarte al piso una tarde puede hacer a tu hijo el más feliz. Y eso, por consecuencia, te hace feliz a ti. La verdad es que a veces en la noche pienso que puedo dejar sin lavar los trastes y que no pasa nada, pero en la mañana cuando entro a la cocina me arrepiento como si hubiera dejado los frijoles explotados de la olla exprés una semana. Y eso me pasa sean dos platos, o 20. 

La cosa es, que si me espero a que las cosas a mi alrededor estén en orden y limpias, mi hijo me obedezca en cada orden que le doy y se ría de cada broma que le hago, le guste cada comida que le sirvo, mis perros hagan sus gracias sólo donde deben y dejen de sacar los kleenex del bote de basura, mi esposo llegue siempre temprano de trabajar y además me ayude a recoger la casa, yo tenga el consultorio lleno y 8 cursos agendados y a su máxima capacidad, una entrada en cada uno de mis blogs, y haya visto o hablado con una amiga… bueno, no voy a ser feliz nunca. Por que ahí está el problema. Que a veces esperamos mucho de todo. De nuestro alrededor y de las personas que conviven con nosotros. Yo podría esperar todo eso, pero por mucho que lo desee no creo que se cumpla todo al mismo tiempo, porque la vida no funciona así, por lo menos no para mi ni para nadie que conozca. La felicidad la tengo que encontrar en otro lado, en otra cosa… O mejor dicho, no la tengo que encontrar en ningún lado, ni por nada ni por nadie, sino por sí misma. Porque si yo me puedo sentir feliz porque sí, con eso, y una taza de café, ya la hice. 

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