Cuando la vida pesa y no sabes por qué

Es terrible sentir que no puedes con tu propia vida.
Que tus responsabilidades diarias, esas que has hecho siempre, sin pensarlo demasiado, de repente, por algo, ya no puedes cumplirlas.
Un sentimiento de inutilidad e impotencia se instala sin pedir permiso.
Y con él, llega la frustración. Mucha.

Frustración por no reconocer el cuerpo que habitas, por no entender por qué cuesta tanto levantarse, concentrarse, hablar, comer, sostener una conversación, cuidar lo que amas.
Frustración porque el mundo sigue igual de demandante mientras tú te sientes distinto, roto, como si algo se hubiera apagado adentro y no sabes cómo volver a encenderlo.

Y encima, la culpa. Porque “no tienes razones para estar así”, porque “hay gente que está peor”, porque “deberías estar agradecido”. Como si sentirte mal necesitara una justificación lógica.

La mente se llena de ruido. Te repites que eres flojo, que no estás haciendo suficiente, que se te va la vida mientras tú apenas sobrevives el día.
Pero eso no es verdad.
Lo que estás haciendo es lo mejor que puedes hacer con los recursos que tienes ahora.
Y eso, aunque suene poco, es mucho.

Este cansancio del que hablo no se cura con dormir más. Es un cansancio del alma.
Un desgaste invisible, acumulado por años de exigencia, perfección, silencios, cuidar a todos y dejarte al final.
A veces, simplemente llegas al límite.

No estás solo si te sientes así.
Y no estás mal.
No eres débil.
Estás humano. Estás sintiendo. Estás necesitando una pausa.

Quizá este momento es una señal. No para rendirte, sino para reencontrarte. Para pedir ayuda. Para nombrar lo que duele. Para volver a empezar, desde un lugar más compasivo contigo mismo.

No todo se resuelve con fuerza de voluntad. A veces lo que se necesita es ternura, contención, y tiempo.
Y eso, también es sanar.


Escrito para quienes se han sentido derrotados.
Para quienes necesitan recordar que incluso cuando no puedes con todo, sigues siendo valioso.

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