Feliz porque sí

Un lugar para volver a ti

  • Algunas veces tenemos mil cosas en la cabeza y se vuelve complicado ordenarlas. A veces son bastante más de mil, y algunas de ellas por sí solas parecen millones. Cuando nuestra mente está tan saturada, a veces es muy difícil hablar con alguien de eso, o sea, si a veces es difícil que nosotros mismos alcancemos a distinguirlo, mucho más difícil aún que podamos explicarlo. Y sin embargo, a veces es necesario. Porque cuando no lo hablamos nos va envenenando. 

    Seguramente conoces a alguien amargado. Todos conocemos por lo menos a uno. Yo conozco a muchos. Y a veces es difícil esto de perseguir la felicidad cuando estas rodeado de gente amarga. Porque no siempre tenemos la opción de alejar a esas personas de nuestras vidas. Pero si tenemos la opción de decidir cómo lidiar con ellas. Aunque ese es otro tema. 

    La cuestión aquí es que, cuando no hablas algo, algo importante, algo de esas mil cosas que traes en la cabeza pero que toma una particular importancia, se genera confusión. En ti y en los otros. La confusión llega por dos cosas principalmente (hay muchas más): una es porque no decimos lo que pensamos. La otra porque si hablamos, si decimos, pero no actuamos en base a ello. 

    confusión

    Para ser feliz debes ser capaz de decir lo que piensas, y de actuar lo que dices. 

  • Tal vez, en efecto, no existan los elefantes a lunares que yo insisto ver claramente frente a mis ojos. Tal vez, sólo tal vez, sean producto de mi imaginación. De lo que no estoy segura es si lo que alucino son los elefantes o los lunares. Imposible que sean las dos cosas, porque eso sólo podría tener el significado de que estoy total y absolutamente fuera de la realidad.

    Si el elefante existiera, querría decir que me gusta decorarlo con lunares. Si me preguntan, yo les diría que los lunares hacen que los elefantes sean más festivos, y si no festivos, por lo menos más originales. Los patrones que forman los lunares son los mismos patrones que conforman el universo, que llenan esas fórmulas matemáticas y físicas que yo no alcanzo a comprender y que sinceramente no me interesan más que para ejemplificar que los lunares pueden ser esenciales para la conformación del universo. Así que al poner lunares a un elefante lo que estoy haciendo en realidad es darle sentido, y llenar su existencia de lógica, física y matemáticas.

    Ahora que, siguiendo este hilo de pensamiento, podría ser que lo que exista sean los lunares y que lo que yo esté imponiendo a la realidad sea al elefante. En cuyo caso estaría aportando vida al asunto, una vida magnífica, enorme e increíblemente tierna, a la vez que pesada y apestosa. Que a final de cuentas, lo resume todo.

    Así que por donde lo vea, la idea de los elefantes a lunares no es descabellada, es, de hecho, mi teoría del Big Bang y la evolución de las especies y la vida en nuestro planeta simplificada en una sola metáfora. Es perfecto. No es locura. Es vida y evolución.

    20140731-093247-34367777.jpg

  • la foto(1)

    Todos hemos sufrido, a todos nos han lastimado. Desde que eramos unos lindos bebés sin nada que temer. Y probablemente, incluso hoy mismo te hayan lastimado. Es parte de vivir. Es parte de nuestra realidad. Hay historias muy trágicas de gente a la que han lastimado. Hay historias que no son tan malas, pero son igualmente dolorosas.

    El problema es que nos aferramos al dolor. Como si fuera nuestra cuerda de vida. Pensamos una y mil veces en lo que nos pasó. Lo hablamos. Odiamos a quien nos haya lastimado por días, meses o años. Y no lo entendemos. No entendemos el dolor, ni el porqué de su profundidad.

    Por supuesto que no hay una fórmula para entenderlo. Cada historia es diferente. O sea, la misma persona es diferente a lo largo del tiempo, y va cambiando su comprensión de lo que haya pasado.

    El problema es que nos aferramos al dolor. Como si fuera nuestra cuerda de vida.

    Y he venido pensando en esto a partir, por supuesto, de mi misma, pero también de las personas que me rodean.

    Este fin de semana vi a parte de mi familia. He de decir que mi familia es… mmm… complicada. Para fines de lo que quiero decir, importa que mis padres son divorciados, y que después de años de un divorcio cordial, por fin se cansaron y empezaron una relación, digamos, menos cordial. Por supuesto que en mi familia pasa lo que en todas las familias: hay enojos y rencores no sólo por lo que te hayan hecho a ti, sino por todo lo que nos hemos hecho entre todos. Cosa que claro, complica las relaciones.

    Muchos años he escuchado a mis padres quejarse uno el otro, hacer comentarios «simpáticos» contral el otro, bromas crueles, y claro está, agresiones directas. No es tan malo como se ve por escrito. Pero no es bueno.

    La cosa es que este fin de semana vi a mi padre (quien, por cierto, no vive en la misma ciudad que yo), y se quedó un par de noches en mi casa. Mi relación con él no ha sido la mejor, hemos tenido un camino con harto bache y hoyo, y una que otra roca que atravesaba el camino entero, pero también ha sido una carretera con vistas muy lindas. La verdad es que nos parecemos, cosa que a veces complica las cosas, porque somos igual de tercos e inamovibles, tenemos un humor acidito, y somos de costumbres arraigadas (que es otra manera de decir que somos bien pinche necios). Los dos solíamos tener un genio de aquellos, pero creo que ambos nos hemos suavizado. Claro que bajo este precedente mi madre se estresa mucho cuando lo voy a ver, y si agrandamos el combo y lo hacemos extra grande añadiendo una media hermana, la cosa se pone mejor.

    Mi madre no dejó de repetirme cómo iba yo a sufrir el fin de semana. Pero, no pasó. Y creo que hasta el momento ella no lo acaba de creer. Mi papá se portó bien, yo me porté bien, mi media hermana se portó bien. Fue una convivencia cordial. Raro, pero cierto.

    Y a pesar de haberlo dicho ya, mi madre parece no acabarlo de creer, y de decirme, con un dejo de amargura, que qué mal la he de haber pasado.

    No he podido dejar de pensar en cómo la han de haber lastimado, y en cómo ella no lo ha podido dejarlo ir.

    A mi también me lastimaron. Mucho. Quienes me conocen a fondo lo saben, incluso quienes no me conocen tan bien lo saben. Mucho tiempo estuve muy resentida con mi padre, me sentí muy herida por él. Y sin embargo, aunque no niego que sí me puse nerviosa, la pasé bien. En parte porque decidí dejar de lastimarme a mi misma. Decidí que ese viejo dolor no me iba a lastimar más, por lo menos este fin de semana. Decidí que este fin de semana, iba a ser feliz, con lo que se me presentara. Y lo fui.

    Se puede decidir no aferrarse al dolor.

    A lo que voy es que se puede. Se puede decidir no aferrarse al dolor. Se lo digo a mis pacientes, y es una creencia que tengo: se vale que te acuerdes, se vale que te duela, pero no se vale que anides en el dolor y vivas ahí. Al único que lastimas es a ti mismo, la otra persona ni siquiera se va a enterar.

     

  • amor camino

     

    El amor es uno de los grandes temas en la vida, se habla en todos lados: con la familia, con los amigos, en terapia, en redes sociales, en los libros, en las canciones. A donde dirijamos la mirada nos encontramos con el tema del amor.

    No es tan sencillo abordarlo. No es sencillo ni siquiera definirlo. Se encuentran definiciones simplistas y definiciones de lo más complicadas. Yo siempre que pienso en el amor pienso en un trabajo continuo. No esos trabajos en los que recibimos un pago a fin de mes, sino un trabajo personal e íntimo que se hace con otra persona.

    Por supuesto no pretendo hablar en un escrito corto de todos los tipos de amor. Aquí, hoy, estoy hablando del amor de pareja. Enamorarse es relativamente fácil. Conocemos a alguien, lo tratamos un poco, hacemos química y surge la magia. Pero enamorarse no es lo mismo que amar. Amar a largo plazo, a lo largo de los años, a través de los problemas, implica dar mucho de uno mismo, ceder en cosas que nos parecen importantes, tolerar cosas que no nos gustan, y recibir lo mismo a cambio.

    Mucho se habla de que actualmente estamos acostumbrados a las cosas desechables, desde envases de comida hasta celulares que al año y aunque estén en perfectas condiciones cambiamos. Y lo mismo hacemos con las relaciones. Hasta que aprendemos a amar. De pronto te puedes dar cuenta de que aunque ciertas cosas no te gusten, te quedas, y de que aunque haya alguien más ofreciéndote más, te quedas. Te quedas porque sabes que amas al otro, a pesar de sí mismo. Enamorarte es como recorrer una carretera por primera vez. Amar es como recorrer esa carretera sabiendo que estás dispuesto a reparar los baches que vas a encontrar. Así, el amor se vuelve un compromiso incondicional con una persona imperfecta. El amor no sólo es un sentimiento intenso, sino una decisión y una promesa diaria.

     

  • Maternajes y otras dichas… que sólo se sobreviven con café 

    Tener hijos es una de esas cosas que te pueden hacer tremendamente feliz y… miserable. Los arrumacos en la mañana de pronto se diluyen con los berrinches de la tarde, y el orgullo de un desayuno difícil que se comen como si fuera pan dulce se derrite con la negativa rotunda a cualquier cosa que no sea un chocolate después de las 6 de la tarde. 

    A veces parece difícil ser feliz siendo madre. Y quien diga lo contrario miente. Lo he visto en la clínica. Lo he visto con mis amigas. Lo he visto en mi familia. Lo he vivido en carne propia. 

    Ser madre no es cosa fácil desde ningún punto de vista. Físicamente es muy desgastante, y emocionalmente ni se diga. Gasta tu cuerpo, tu mente, tu corazón, tu vida de pareja, tu bolsillo, tu tiempo, tu autoestima, tu paciencia, tu cabello y tus ideas. Pero alimenta mucho más. 

    Uno de los retos más difíciles para mi ha sido ser feliz siendo madre. He tenido momentos de grandes dudas, y grandes enojos en bases diarias. Y al día de hoy, creo que lo que más me ha funcionado es dejar que las cosas fluyan. Como un río. En temporada de lluvias. De otra forma no hay manera porque parece un arroyo que se está secando y absolutamente todo se atora. Esto quiere decir hacer las paces con traer mocos embarrados en el pantalón, no darte cuenta que la lactancia te traiciona en más de un sentido y traes la blusa manchada sin saber a ciencia cierta desde qué hora, saber que tu hijo va a hacer un berrinche en público (más de una vez, y en diferentes intensidades), que vas a perder la paciencia y a gritarle (por nimiedades del estilo de «tiraste la tonta medicina!!!!!» cuando fueron 5 ml, y no la botella entera, cosa que por cierto, también llega a pasar). 

    Si, necesitas dejar que las cosas fluyan como un río a punto de desbordarse, para no desbordarte tú. Aunque con los años tomas práctica y empiezas a darte cuenta de que neto hay cosas que no importan, y que tirarte al piso una tarde puede hacer a tu hijo el más feliz. Y eso, por consecuencia, te hace feliz a ti. La verdad es que a veces en la noche pienso que puedo dejar sin lavar los trastes y que no pasa nada, pero en la mañana cuando entro a la cocina me arrepiento como si hubiera dejado los frijoles explotados de la olla exprés una semana. Y eso me pasa sean dos platos, o 20. 

    La cosa es, que si me espero a que las cosas a mi alrededor estén en orden y limpias, mi hijo me obedezca en cada orden que le doy y se ría de cada broma que le hago, le guste cada comida que le sirvo, mis perros hagan sus gracias sólo donde deben y dejen de sacar los kleenex del bote de basura, mi esposo llegue siempre temprano de trabajar y además me ayude a recoger la casa, yo tenga el consultorio lleno y 8 cursos agendados y a su máxima capacidad, una entrada en cada uno de mis blogs, y haya visto o hablado con una amiga… bueno, no voy a ser feliz nunca. Por que ahí está el problema. Que a veces esperamos mucho de todo. De nuestro alrededor y de las personas que conviven con nosotros. Yo podría esperar todo eso, pero por mucho que lo desee no creo que se cumpla todo al mismo tiempo, porque la vida no funciona así, por lo menos no para mi ni para nadie que conozca. La felicidad la tengo que encontrar en otro lado, en otra cosa… O mejor dicho, no la tengo que encontrar en ningún lado, ni por nada ni por nadie, sino por sí misma. Porque si yo me puedo sentir feliz porque sí, con eso, y una taza de café, ya la hice. 

  • Me gusta contar historias, y me encanta escucharlas. A eso me dedico después de de todo. Muchas de las historias que cuento son mías, y muchas son cosas cotidianas, anécdotas que en realidad no serían trascendentes, ni mucho menos digas de contarse. Y aún así lo hago. Lo curioso de todo esto es que a la gente le gusta que lo haga, porque de alguna manera, los hago reír.
    Porque a casi todo le encuentro la gracia. A casi todo. No a todo, por lo menos de inmediato. Aunque eh de decir que a largo plazo se disminuye la cantidad de cosas que no puedo ver como graciosas en algún sentido. Y es que así aprendí a defenderme: a través del humor.
    El humor es lo que me ha salvado de la locura en más de una ocasión. Así que no es que este loca. Es que soy feliz, o trato de serlo la mayor parte del tiempo.