Feliz porque sí

Un lugar para volver a ti

  • Y llegó el virus a México

    Hoy mis redes sociales estuvieron llenas de pánico: llegó el coronavirus a México… y el pánico nos inundó a todos.

    Cada día está más cerca, y las posibilidades de que llegue a mi ciudad incrementan. Y a la tuya. Y todos lo sabemos. Hoy pocas fueron las personas que me saludaron de beso. Y en recuerdo de aquel 2009 en el que la influenza llegó también, y no sólo a México, a mi familia, y casi mata a alguien muy cercano a mi, hacen que me pregunte qué va a pasar ahora. ¿Cómo nos preparamos para esta interrupción en nuestra vida, apoyamos nuestro sistema inmune y nos mantenemos cuerdos al mismo tiempo?

    Aquí hay 10 sugerencias:

    1. Neto… lávate las manos. Es la recomendación más constante y más dada por expertos, es lo más importante que podemos hacer para prevenir la enfermedad. Lavar agua y jabón, tallar por 20 a 40 segundos cada vez que estés expuesto a algo potencialmente infectado o antes de tocar tu comida o tu cara o cualquier mucosa (si, piensa mal). Tallar, tallar y tallar. Si quieres canta una canción completa mientras te lavas las manos, así es más fácil cumplir el tiempo reglamentario.

    Y no está de más pedirle a todas las personas que entran a tu casa y a tu oficina que se las laven bien en cuanto lleguen.

    2. No toques tu cara, ojos o boca. Tocar tu cara es una de la maneras más fáciles de contagiarte. Y te sorprendería si estuvieras consciente de qué tan seguido tocas tu cara. Empieza por no tocar en absoluto tus ojos, boca o cara sin antes lavarte las manos. Si TIENES QUE tocar tu cara, lávate las manos tallándolas 40 segundos. Si te sientes ansioso, chasquea tus dedos al ritmo de «La bamba» para mantenerlos ocupados.

    3. Surte tus medicamentos de un mes y ten un termómetro que funcione a la mano.  Si tomas medicamento regularmente, ten el equivalente a un mes a la mano por cualquier emergencia. En adición a eso, revisa que tengas un termómetro que funcione y si es eléctrico con una pila extra, sobre todo si tienes miedo de haber contraído el virus.

    4. Come bien, duerme bien, toma agua. Está de más decir que cuidarte en todos los sentidos es muy importante para mantenerte sano en épocas de infecciones. El agotamiento, la malnutrición, la deshidratación, no te ayudan para prepararte para pelear contra la enfermedad. Todo lo contrario. Asegúrate de que estás comiendo una dieta completa, con granos, frutas, vegetales, proteínas… limita las cantidades de azúcar y alimentos procesados. Incrementa tu consumo de agua para estar bien hidratado.

    Finalmente, revisa bien tus hábitos de sueño para ver si no necesitas pasar un poco más de tiempo con la cabeza en la almohada cada noche. Si te cuesta trabajo dormir, usa aceites esenciales de lavanda o manzanilla romana en tu difusor.

    5. Practica mindfulness y yoga. Yoga mueve el cuerpo, te fortalece y te da estabilidad. El énfasis en la respiración y el movimiento le ayudan al cuerpo de pies a cabeza. Trata algunas torsiones extras o saludos al sol para mover tu cuerpo o dale un rato extra al savasana.  

    Ademas, tanto yoga como mindfulness tienen el beneficio extra de relajarte y calmar, lo que puede ser de mucha ayuda en momentos de miedo y preocupación.

    6. Busca herramientas naturales para mejorar tu sistema inmune.  Además de todo lo que hace la medicina alópata y lo que tu médico te sugiera, busca algunas herramientas alternativas para añadir a tu arsenal. Los aceites esenciales de clavo y orégano apoyan el sistema inmunológico por ejemplo. Los especialistas en herbolaria pueden hacerte más recomendaciones. Puedes tomar vitamina C o D y hacer un antiviral homeopático.

    Puedes buscar algún especialista en medicina china, naturopatía, homeopatía, etc. Cosas que te fortalezcan.

    7. Mantente en contacto con tus viejitos y amigos solteros. Es fácil aislarnos cuando tenemos miedo. Pero mantente en contacto con las personas que sabes que están solas. Que sabes que no tienen familia o amigos que los cuiden. Visita a tus vecinos viejitos, o ponte en contacto con los que sabes que viven solos. Déjales saber que pueden ponerse en contacto contigo.  

    8. Limita tu exposición a las redes sociales.  Mucho de lo que vemos en redes sociales no está bien sustentado. Hay muchas publicaciones mal informadas que pueden aumentar el miedo que sientes y no son de ayuda. Pasa tiempo leyendo o haciendo algo que te inspire. Elige una buena novela o libro de poesía, y si eso no es lo tuyo, busca al autor que te gusta o películas que te distraigan.

    9. Busca fuentes confiables para conseguir información. Las cadenas de WhatsApp y Facebook no cuentan. Busca información de especialistas y medios oficiales.

    10. No te apaniques, se cauteloso pero sigue disfrutando la vida.  Cuando pasan cosas que pueden afectarnos, muchos dejamos de hacer actividades que nos hacen sonreír, ser felices y reírnos. En lugar de eso, busca ir a caminar a un parque o bosque, ver películas chistosas con los hijos, hornear pan, bailar como Shakira en tu sala. Sigue disfrutando tu vida y busca aumentar los momentos que te hacen feliz.

  • Actitud

    No importa cuantas veces experimentes una buena actitud… ya sea tuya o de alguien más… el impacto positivo en tu vida no cambia.

    Una buena actitud aumenta nuestras vibraciones, esas que son armónicas, como si tuviéramos una orquesta de buenas emociones y sensaciones perfectamente coordinada por un excelente director.

    La mayoría de nosotros tenemos buena actitud temporalmente, sin embargo, hay personas que la irradian de manera permanente y la llevan consigo a través de su experiencia diaria. Cada día. Cada uno de los días de su vida.

    Es una manera hermosa de vivir.

    Por ejemplo, el indeseable hipo se convierte en una experiencia fugaz. O el tráfico pesadísimo, o un mesero grosero, cualquier evento… con una buena actitud, lo podemos dejar ir, mientras que con una mala actitud podríamos ahogarnos en eso, potencialmente por horas, incluso un día completo, o una semana.

    Una buena actitud te hace educado, con buenos modales, mientras que la mala actitud te vuelve grosero. Y la verdad es que los buenos modales, o las buenas maneras, son gratuitos. Decir buenos días o hasta luego, o estar genuinamente interesado en la vida de otra persona, son prioridades para una persona positiva. Mientras que un pensador negativo está demasiado absorto en sí mismo y en su propio sufrimiento.

    Es más, cuando escuchas a alguien que tiene una perspectiva positiva, su voz es melódica. Si por el contrario, tiene una actitud negativa, su voz es discordante. Y puede estar acompañado de un tono chirriante que suena a estrés y ansiedad, o ser monótona, o simple y francamente quejumbrosa.

    Como sea, es muy notorio cuando estamos expuestas a una actitud buena o mala, se nota lo que pasa en nosotros. Así que lanzo la pregunta ¿Por qué algunas personas deciden tener una mala actitud en bases permanentes? Estoy segura de que se ve reflejado en su calidad de vida casi diario, algunas veces sutilmente y otras de manera severa, así que ¿porqué no hacen nada para cambiarla?

    Muchas veces es un comportamiento habitual debido a una regulación emocional inadecuada, que puede deberse a una enfermedad mental, como la depresión o la ansiedad. Sin embargo, esto no es una regla. Las personas con mala actitud no necesariamente tienen una enfermedad mental: tal vez sólo son pesimistas o alguien los arrastró al drama de su vida.

    Todos hemos tenido una mala actitud en algún momento, y si nos hacemos conscientes de la experiencia que la acompaña, recordaremos que esa mala actitud nos trajo más sufrimiento.

    Así que si sabemos que nuestra mala actitud no sólo hace sufrir a los otros, sino también a nosotros mismos, podemos asumir de manera correcta que hay una razón considerable para quitarla de nuestro paisaje mental.

    Pero algunas personas no lo hacen. Continúan teniendo una mala actitud incluso cuando su vida está increíble.

    ¿Por qué?

    Me gustaría pensar que si realmente lo entendieran, implementarían alguna especie de estrategia para superarlo. Además, como ya lo mencioné, podríamos pensar que hay una enfermedad mental detrás de esta conducta disfuncional.

    En muchas ocasiones, este estado de sufrimiento surge de alguna especie de trauma infantil o circunstancia traumática. Tal vez los padres no estuvieron cerca lo suficiente, o por el contrario sobreprotegieron y malcriaron, y esa persona no tuvo que trabajar para lograr nada. Tal vez simplemente la mala actitud se aprendió de algún modelo a seguir y por lo tanto es un setting para enfrentar los retos de la vida.

    Sin embargo, si puede ser un desorden de personalidad, de conducta o ansiedad, que nos recuerda porqué es importante no juzgar a los otros como si fueran malas personas, sino aceptarlos como personas que aún necesitan evolucionar para poder aceptar sus propias circunstancias y cómo es la vida en general.

    En adición a esto, también puede estar relacionado a baja autoestima y bajo valor de sí mismos. O falta de confianza. En general, podría haber expectativas no realistas del mundo también.

    Si no abrazamos nuestra experiencia por lo que es, y en lugar de eso hacemos intentos poco realistas por controlarla, una mala actitud normalmente es el complemento perfecto.

    En realidad, queremos un cierto resultado porque hemos anclado nuestra felicidad a un resultado particular, y si no lo obtenemos, por supuesto que la vida se va a volver mala, y como consecuencia, la vida de quienes nos rodean se va a volver mala también. Anclar nuestra felicidad a una circunstancia o resultado específico puede ser muy frustrante, es mejor anclar nuestra felicidad a nuestro estado interior.

    Con todo esto en mente, sugiero no tener una mala actitud con respecto a la mala actitud de los otros, por el contrario, deberíamos tratar de ayudarlos a ver la vida a través de una lente más positiva.

    El efecto más devastador de una mala actitud es que inhibe la experiencia de la maravilla que este mundo. Si estamos muy ocupados perdidos en el ruido que crea el mal humor, nos vamos a perder de las cosas pequeñas que hacen la vida hermosa.

    Si, tal vez esté lloviendo y odies la lluvia, pero ¿viste el arcoíris? ¿o la artística manera en la que el agua cae de cierto techo? ¿o al niño que estaba brincando feliz en los charcos?

    Yo creo que el niño se la estaba pasando increíble.

    Los animales por lo general tienen una buena actitud, podríamos aprender de esa sabiduría natural. Siempre sacan el máximo provecho de sus oportunidades, como el perro que corre en el bosque o la playa como si hubiera estado prisionero toda su vida, el gato que aprovecha para escaparse a media noche y hacer sus travesuras, mi perra que se roba la pechuga de pollo mientras me distraigo en la cocina… simplemente toman lo que hay y son felices.

    Así que cuando corresponde a nuestros congéneres, los seres humanos, puedo pensar que la gente feliz no tiene una mala actitud, ¿cómo podrían, si son felices? Por eso mi misión, por eso “Feliz porque sí”, porque no sólo soy yo, no sólo eres tú… lo que somos y la manera en la que actuamos afecta a otros.

    Si encontramos nuestro centro, nuestra paz, entonces tendremos por consecuencia buena actitud. Que aunque pueda perderse a ratitos, para ser realmente felices, necesitamos tener esa disposición de vivir todas las experiencias de la vida. Buenas y malas.

    Después de todo, diría Celia, la vida es un Carnaval, con altas y bajas emocionales.

    Es todo un reto a veces, y hay situaciones que pueden sacar nuestro mal carácter. Si queremos saber lo que de verdad es una buena actitud, necesitamos preguntarnos qué nos pasa bajo presión. Cómo afrontamos lo que no nos gusta.

    Claro que la gente tiene buena actitud cuando le pasan cosas buenas, pero cuando están de repente en un momento malo, que despierta respuestas negativas instintivas y espontáneas, es cuando salen nuestros verdaderos colores.

    Y no solo eso, cuando estamos fuera de nuestra zona de comfort o a punto de hacer algo en lo que no somos buenos o no nos gusta, nos encontramos con nosotros mismos. ¿podemos de todas maneras disfrutar cuando no somos buenos en lo que estamos haciendo?

    Al final del día, si tenemos una buena actitud, si. Si lo vamos a disfrutar. Y lo contrario es igual de cierto, si no la tenemos, pues no. Es así de simple.

    Observa tu actitud, y si es necesario, modifícala. Es la única manera de disfrutar. Por eso debemos sonreír y disfrutar todo lo que la vida ofrece.

    Ivonne

  • Una epidemia de nuestros días

    Parecería que hay una epidemia en nuestra sociedad actual. Se gesta a sí misma en pobres inocentes y despistados, y en los lugares mas inocuos. Está en el área de la fruta y la verdura del supermercado, afuera del colegio de nuestros hijos a la hora de la salida, en las salas de espera de los médicos, incluso en los lugares que más nos gustan. Esta epidemia está haciéndose mundial, y para el ojo no entrenado, puede parecer normal. ¿De qué peligro estoy hablando te preguntas? De una epidemia llamada: quejarse.

    La queja se ha vuelto un gran problema en nuestra sociedad. A veces parece que ni siquiera tenemos un tema de conversación si no nos estamos quejando del clima, o de los precios, o de la falta de servicios, o de la seguridad… o escuchando y compadeciendo a quien se queja del clima, los precios, los servicios o la seguridad.

    Se ha vuelto tan grave que muchas veces, en situaciones sociales, nos sentamos en silencio esperando a que se nos ocurra de qué quejarnos. ¿No es grave? Buscamos de manera activa de qué quejarnos. Y aunque si parece que es una manera fácil de integrarse con otros padres de familia, en la sala de espera del doctor o en el súper (del estilo de «Esta horrible el calor, ¿verdad?»), nos trae un gran problema: ponemos nuestro humor, nuestra vibración, en un estado de «queja», una y otra y otra vez, así que empezamos a atraer y a darnos cuenta cada vez de más cosas de las que nos podemos quejar. Y no es porque tengamos el poder de hacer que haga calor, o que el dólar suba con solo pensarlo… es porque a lo que damos nuestra atención es lo que más vivimos en nuestra experiencia de vida. Cuando le damos mucha atención a las situaciones negativas, y hablamos de ellas constantemente, es lo que más notamos en el mundo.

    ¿Porqué no agradecer las cosas que amamos, en lugar de despreciar las que odiamos?

    La proxima vez que estés afuera del colegio, en el súper, o en la sala de espera del doctor y alguien se queje de todo el tiempo que llevan ahí (aunque estés de acuerdo con la persona) trata de cambiar el canal y señala algo que te guste. En lugar de poner tu vibración de acuerdo a la queja, di algo como «Si, pero hay muy buenas revistas», o «Si, pero pude avanzar en mi trabajo» o lo que quieras, lo que tú veas bueno.

    Cambiar nuestros temas de conversación al lado positivo trae más oportunidades, porque empiezas a ver lo bueno, y con ello, las áreas en las que puedes crecer, las cosas que te hacen feliz y el chance de incluirlo en tu vida.

  • A la fregada los propósitos de año nuevo

    Año Nuevo, vida nueva. A la fregada, vamos a romper de una vez por todas con estos cuentos. Estamos en la supuesta “mejor época del año”, cuando las masas se imponen en un movimiento de mejoramiento personal. Es la época de los propósitos de Año Nuevo, de las resoluciones, de pensar en manifestar las grandes metas, pero la verdad es que solo es cháchara, año tras año, los números son muy claros. Esta es de hecho la temporada de hacer promesas que no tienen significado alguno, y que 9 de cada 10 personas no vamos a lograr. Y yo soy la primera, cada año, me atraganto de uvas pensando en bajar de peso, hacer más ejercicio, tomar más agua, ahorrar, ser mejor mamá, ser más ordenada, usar menos el celular, estar en contacto… y podría seguir con una lista de propósitos que probablemente la mayoría de nosotros compartimos. Y cada año, estos pensamientos caen, como muertos en panteón, el 1 de enero, mientras me arrastro desde mi cama hacia la cocina para preparar el recalentado y tal vez hasta curarme la cruda. Y entonces… Otro año, otro fracaso. Es el primer día del año y no cumplí mis propósitos.

    Para el 10 % de las personas que si llevan a cabo sus resoluciones de año nuevo a lo largo de todo el año, de verdad, felicidades. Pero pensando en la mayoría de la humanidad, tengo que decir que esta tendencia social y masiva de los propósitos y la superación personal impuesta no funciona.

    La cosa es, que de verdad me gusta este botón de refresh que el calendario gregoriano nos regala de manera anual, y que ya hice las paces con la idea de que esto de «ser una nueva persona» no va a arrancar de manera exitosa el 1 de enero.

    De hecho creo, que esta idea de la nueva persona, es una manera de sabotear nuestro éxito. Esta nueva persona, nunca va a existir, porque la persona que somos ahorita no se va a ir a ningún lado, no vamos a dejar de ser. Ésta vieja persona que soy ahora sabe que probablemente no voy a despertar el 1 de enero siendo súper ordenada, ni me voy a despertar volviéndome social de la noche a la mañana y a ponerme en contacto con todas las personas a las que amo. Porque el cambio verdadero no pasa de la noche a la mañana, así que no sé por qué tenemos esta idea de Año Nuevo, vida nueva, tan grabada en la cabeza.

    Tener metas es maravilloso, pero hacer promesas vacías que solo no se llevan a cabo en un ciclo de “en sus marcas, listos, fuera”, nos hacen más daño que bien.

    Y claro, nuestras mentes se motivan con la idea de alcanzar resultados, pero si ésta motivación no es auténtica y no va con nuestros deseos reales, las acciones que vamos a seguir no van a llevarnos a ningún lado. Lo único que los propósitos de Año Nuevo parecen crear es vergüenza, culpa y fracaso, una y otra vez. Y eso es una manera espantosa de empezar cada año.

    A lo que quiero llegar es que, si encontramos la manera de dejar de presionarnos tanto a nosotros mismos para crear estos cambios grandiosos en nuestras vidas cada vez que el 31 de diciembre llega a la medianoche, podríamos hacerlo mejor. Lo que propongo es un propósito colectivo y nuevo: que todos bajemos la expectativa que tenemos de nosotros mismos en esos minutos. ¿Se imaginan un Año Nuevo que puedan disfrutar exactamente como son ahorita? ¿Sin estarse presionando por convertirse en algo que no son? Es como la carroza de cenicienta, vivimos asustados de darnos cuenta de que somos calabazas, y no un carruaje brillante y lujoso.

    En serio, a la fregada esto de ser alguien nuevo. Es momento de que seas tú.

    Deja de pensar en que te vas a inscribir al gimnasio mañana, que vas a meditar todos los días, que solo vas a comer lechuga, qué vas a ser la nueva Mary Kondo.

    Está bien tratar de mejorar, pero no tratar de ser una persona que no eres tú. Por eso, a la fregada los propósitos de Año Nuevo de una vez por todas.

    A mi me parece una idea fantástica, súper alegre. En lugar de dejar que una idea de transformación monumental me de en la cabeza como un martillo cuando en enero vea que no es posible, prefiero hacer un compromiso para evolucionar todos los días.

    La diferencia entre ser una nueva persona, y está vieja persona que soy ahora, está en las pequeñas acciones que tomo todos los días, no en propósitos artificiales e impuestos que hago porque se supone que cuando den las 12 tengo que brincar de la mesa y tragarme 12 uvas al ritmo de campanas ajenas que no corresponden con mis deseos.

    Y entonces es momento de elegir: acciones auténticas y comprometidas o un síndrome de automejora impuesto en un día del año. La verdad prefiero el compromiso conmigo misma.

    Que tu propósito sea evolucionar, no comer más sano, hacer ejercicio, tomar más agua, esas son metas impuestas. Y cuelgan sobre nosotros como un muérdago inalcanzable. Pero desde que decidí guardar las resoluciones de Año Nuevo y mejor evolucionar todos los días, he logrado mucho más de lo que alguna vez pensé que podría lograr. Como mucho más verdura, deje el azúcar, y en los últimos meses, la Coca-Cola. Hago mucho más ejercicio que cuando tenía 20 años, he conectado más con mi familia, y cuidado más mi salud. Estoy siguiendo la profesión que me apasiona con mucho menos miedo, estudio como loca y hago crecer mi mente. Tengo cosas que agradecer todos los días, duermo un poco más, ya no bebo.

    Liberarme de los propósitos de Año Nuevo me ha dado un espacio, un tiempo, y una presencia para las acciones diarias, y estos pequeños cambios son los que me han permitido romper con mis viejos patrones y crear hábitos nuevos. Mis logros son mucho más tangibles, tengo metas pequeñas con las que puedo jugar y así deshacerme un poquito cada día de la culpa, y construir un estilo de vida más sostenible. Y lo he logrado con esas acciones pequeñas. Sí tengo metas grandes, pero no estoy obsesionada con ellas, mejor me enfoco en las tareas chiquitas. Trato de motivarme con mi propio progreso, con mi propio proceso. Sigo siendo yo, la vieja yo, solo probando cosas nuevas, maneras nuevas, días nuevos.

    Y así, si me emociona iniciar el Año Nuevo, justo como soy hoy, disfrutando el momento y lo que tengo. Adiós culpa, hola felicidad.

    Y con esto espero ser un cachito más feliz.

  • Sopa de piedra

    Primero, una historia…

    Un hombre de buen corazón llegó a un pueblo, en el que los habitantes eran personas desconfiadas y temerosas. Tan pronto entró, un hombre se acercó a él y le dijo «En este lugar la tierra no rinde frutos, bien harías en irte pronto a otro lugar». El hombre de buen corazón siguió caminando, y no llevaba más de unas cuantas calles, cuando una mujer se acercó a él y le susurró al oído «En este pueblo la comida es poca, bien harías en irte pronto a otro lugar». Pero el hombre de buen corazón siguió caminando en el pueblo, adentrándose cada vez más. Al llegar a la plaza principal, escuchó a las personas a su alrededor diciendo comentarios similares, hablando acerca de la pobreza y la escasez de ese lugar. Tuvo la sensación de que la gente de ese pueblo tenía ganas de correrlo de ahí. Sin embargo, en lugar de irse, buscó un lugar para prender una hoguera, y pronto se dispuso a cocinar. Un niño le preguntó qué hacía, a lo que él le respondió «Voy a preparar una sopa para alimentar a todas las personas de este lugar». El niño corrió la voz, y pronto, las personas del pueblo se fueron acercando a ver, llenas de curiosidad, por este hombre extraño que en lugar de tratar de quitarles sus pocos recursos, decía que iba a darles a todos de comer. Ante la mirada atónita de todos esos extraños, y en cuanto el agua de su gran olla dio el primer hervor, el hombre sacó de su morral una piedra, y la arrojó a su caldero. Empezó a cocinarla, haciendo los mismos ademanes que un gran cocinero, oliendo y probando. De pronto exclamó «A esta sopa le hace falta una col para quedar deliciosa», y en poco tiempo, un hombre que estaba al fondo de la multitud fue a su casa, y le dio la col. Un rato después el hombre de buen corazón dijo, en voz baja, apenas audible «Si tan solo tuviera un par de zanahorias, este caldo sería delicioso», y una anciana que estaba cerca y alcanzó a escucharlo, sacó de su bolsa de mandado unas zanahorias recién compradas y se las dio. Pasó lo mismo varias veces, y de pronto la sopa de piedra se había convertido en una rica y sustanciosa sopa de las más variadas verduras, que en efecto, alimentó a gran parte del pueblo ese día.

    Hay tanto que pensar sobre esta historia. Los seres humanos, en tiempos difíciles, tendemos a acumular, a acaparar y guardar. Cuando los recursos son escasos, nos retraemos y funcionamos con poca energía, vibrando bajo, y tratamos de auto preservarnos. Tendemos a aislarnos y mandar al carajo a los demás. Pero al hacerlo, como en la historia de la sopa de piedra, nos privamos a nosotros mismos y a los otros de algo delicioso y nutritivo, nos privamos de lo que se puede construir junto con los otros. Una col sola, o unas cuantas zanahorias solas, no hacen una sopa. Se necesitó de la cooperación de muchos para hacer esa sopa. Y lo mismo pasa cuando los seres humanos se reúnen y juntan esfuerzos para diferentes cosas, ya sea para trabajar, para convivir o para ayudar. Porque así como acumulamos y guardamos comida y recursos, lo hacemos con nuestras ideas, nuestro amor y nuestra energía, con la falsa idea de que seremos ricos si nos lo guardamos, cuando lo que pasa en realidad es que nos volvemos más pobres y hacemos peor el mundo cuando acaparamos todo lo que tenemos y somos. El hombre de buen corazón se dio cuenta de que la gente del pueblo estaba ocultándose, y buscó la manera de inspirarlos para dar, haciendo algo para propagar esta sensación de cooperar y dar.

    Cuando nos animamos a exponernos y compartir lo que somos y lo que tenemos, inspiramos a los otros a hacer lo mismo. Somos capaces de crear lazos, crecer y ayudar a crecer. Y la recompensa es un banquete capaz de alimentar a todos.

  • Creando lo que no queremos

    Cuando nuestros pensamientos se consumen con la preocupación, nos volvemos un faro que alumbra con preocupación el mundo.

    Si pensáramos en una oración como una intención que anunciamos al mundo para crear el resultado que deseamos, entonces, cada pensamiento que tenemos es una oración. Esto incluye tanto los pensamientos de preocupación como los pensamientos de esperanza. Todos los pensamientos son una energía creadora sutil. Algunos pensamientos están más enfocados o se repiten más seguido, obteniendo fuerza. Algunos son escritos o hablados, dándoles todavía más poder. Cada pensamiento que tenemos es parte de un proceso donde somos co-creadores de nuestra experiencia y nuestra realidad. Cuando usamos esa energía de manera inconsciente, creamos algo que llamamos profecía autocumplidora. En esencia, cuando nos preocupamos, estamos rezando de manera repetitiva y poniendo nuestra energía en la creación de algo que no queremos. Y no se trata sólo de fe, sino de que movemos de alguna manera nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras circunstancias para que se cumpla eso en lo que ponemos nuestro foco.

    La buena noticia es que podemos re entrenar nuestras mentes y pensamientos, y enfocar nuestra energía en lo que queremos atraer a nuestras vidas. Dado que la mayor parte de las preocupaciones son repetitivas, nos va a llevar más de un pensamiento positivo contrarrestar lo que ya hemos creado. El antídoto más simple para una preocupación es una afirmación. Cuando nos aferramos a estos pensamientos positivos, los repetimos de manera constante, hablamos y escribimos acerca de ellos, y nos referimos a ellos durante el día, estamos usando nuestra energía para crear resultados positivos. Y lo mismo pasa aquí, no es que sea magia, o sólo una cuestión de fe, es que vamos a tomar decisiones, enfocarnos en cosas y poner las circunstancias para que las cosas que queremos se den. Un paso más allá, es tratar de ver de dónde vienen estas preocupaciones repetitivas, qué patrones o historias estamos siguiendo al pie de la letra que hacen que nos hayamos puesto en esa situación.

    Y podemos empezar de inmediato, viéndonos como personas creativas, que usan su energía para crear un mundo maravilloso. Si nos hacemos conscientes de que creamos nuestra experiencia de vida desde nuestro interior, y que al hacerlo, además creamos la energía que nos rodea en el mundo y que hace eco en él, vamos a generar pensamientos de mayor calidad, solos y poco a poco en compañía de los otros. Y al ir creciendo en esto, seremos capaces de agradecer lo bueno de nuestra vida y del mundo.

    A veces, la preocupación no viene de nosotros, sino que es alguien que nos ama quien está preocupado, y manda esas oraciones de preocupación a nuestro mundo. Una conversación amorosa para hacerles saber lo que está pasando es una solución sencilla a esto. También, pidiéndoles que piensen cosas buenas para nosotros. Después de todo, la preocupación no le hace bien ni a ellos ni a nosotros. Puede servir explicarles que preocuparse puede ser dañino enérgicamente tanto para ellos como para ti, y que deseándote cosas buenas es mucho más benéfico y mucho más divertido también.

    La calidad de nuestros pensamientos determina la calidad de nuestra vida. Es preciso que los observemos y seamos, así como los curadores de los museos, curadores de nuestros pensamientos, eligiendo lo mejor y lo más sano para nosotros.

  • Sólo un abrazo… a veces es todo lo que se necesita

    Amo esa sensación de estar con alguien con quien no tienes que explicarte. De poder estar, sin decir, y sentirte acompañada y comprendida. O los días en los que llego sintiéndome rota, como si el mundo hubiera acabado conmigo, y alguien tiene la capacidad de repararme. Como si tuvieran la llave de una puerta, que simplemente hay que meter, girar y listo. Y es tan sencillo. Es tan básico. A veces, lo único que se necesita es un abrazo. Un abrazo genuino. De esos que te llegan.

    A veces, cuando parece que lo único que sé hacer en esta vida es desmoronarme, sólo necesito alguien que me levante, me acerque y me abrace. ¿A alguien más le pasa?

    Porque a veces siento que conforme crecemos, el mundo espera que nos comportemos, que nos expliquemos, y que aguantemos las situaciones que se nos presentan. Hay mil maneras en las que parece que la sociedad espera que nos enfrentemos a lo negativo, y la más grande, y más dañina, es ignorar. No ver.

    Y hasta donde yo me quedé, cuando decides ignorar algo, lo que puede pasar es que se muera, se quede igual, crezca o se pudra. Y para mi, la mayor parte de las veces, pasa esto último. Creo que los pensamientos y los sentimientos que se ignoran, envejecen y se enrarecen, como si empezara a crecerles moho encima, y se van pudriendo poco a poco. Son cosas que deben atenderse, airearse. Y para hacerlo, a veces necesitamos alguien que nos diga que, en algún momento, las cosas van a estar bien. Y lo más lindo, es que a veces nos lo dicen sin decir ni una palabra.

    La distancia hiere, la cercanía cura. Y los abrazos, aunque ciertamente son más satisfactorios cuando son auténticos y de frente, a veces también se dan con las acciones y palabras.

  • ¿Con qué te llenas?

    ¿Has notado que en un solo día, te invitan infinidad de veces a comprar, consumir o comer? Un anuncio, una persona, un post en tus redes sociales… todo el tiempo, nos vemos bombardeados por invitaciones a comprar. Puede ser comida, o cualquier objeto que no necesitamos, que incluso, nos invitan a comprar con dinero que no tenemos. Ahora, lo más interesante… ¿cuántas de esas veces caemos? ¿Son muchas? Si tu respuesta es que sí, podrías estar tratando de llenar un hueco interno, que si te tomas tiempo para examinar, te darás cuenta de que comprar no es la solución para llenarlo. Una señal de esto es lo rápido que se va la sensación de alegría que tuvimos al comprar, o a ingerir esa comida, y la necesidad de hacerlo de nuevo. Esto es un síntoma de des-conexión con nosotros mismos, así que el primer paso para remediarlo es re conectarnos.

    Cuando conectamos con nosotros mismos, tenemos acceso a una especie de plenitud, y conectamos con lo que nos rodea, las personas y la naturaleza. Muchas veces tratamos de llenarnos «por fuera», en todo eso externo que consumimos, en lugar de mirar hacia dentro. Una vez que decidimos re conectar, tenemos la posibilidad de ver nuestro comportamiento desde otro lugar mucho más profundamente dentro de nosotros. Podemos ver, sin juzgarnos, nuestros pensamientos y sentimientos cada vez que vamos a caer en una indulgencia, para tratar de encontrar un patrón. Si ponemos atención y llevamos un registro de estas observaciones, es más fácil que nos mantengamos a raya de las compras y las ingestas impulsivas.

    Muchas veces, el aburrimiento es la causa principal para el deseo de comprar o comer. Pero si nos conectamos con nosotros mismos, con nuestra intuición, podemos tomar mejores decisiones, que nos lleven a un lugar donde nuestra energía pueda ser mejor utilizada. Podemos sustituir el aburrimiento con meditación, ejercicio, psicoterapia, alguna clase o proyecto, buscando un nuevo trabajo o involucrándonos en algún voluntariado. Podemos planear un viaje. Algo que nos inspire a movernos en la dirección que queremos. Cuando tenemos claro el lugar en el que queremos estar, dejamos que nos consuma la labor de la creación de esa meta, en lugar de que nos consuma la necesidad de llenar un hueco con cosas que nunca nos van a satisfacer.

  • No estás roto

    Es muy fácil comparar nuestro mundo interno con las apariencias de otros… y es fácil convencernos de que todo el mundo tiene la vida resuelta y que somos nosotros los que estamos mal… rotos. Pero en realidad no, no estás solo en tu sufrimiento.

    Dentro de nosotros mismos, muchos nos preocupamos por que nos sentimos asustados, heridos, rotos… y que nunca vamos a sanar. Y lo escondemos. Nos ponemos una máscara para proyectar que somos lo que creemos que los otros esperan que seamos.

    Muchos tenemos las mismas preocupaciones, pensamientos críticos hacia nosotros mismos, angustias, tristes reflexiones… pero confundimos estas características y comportamientos humanos con fallas en nuestro carácter o defectos personales. No estas dañado, ni defectuoso, ni roto, por el hecho de tener estos pensamientos y sentimientos.

    Con el estigma que todavía existe al rededor de la salud mental, es fácil sentir que somos «raritos» cuando tenemos que luchar con la ansiedad o la depresión, estrés, falta de amor propio, dependencias, enojo intenso… y no somos lo suficientemente bondadosos con nosotros mismos para reconocer que estamos pasando por una experiencia humana. Simplemente. Todos tenemos ese tipo de dificultades, a veces por situaciones estresantes como dificultades con la pareja, cambios de casa o trabajo, muertes, violencia en el ambiente… otras veces, aún a pesar de no tener una razón tan obvia.

    Otras veces podemos tener el sentimiento de estar atorados con algo, o en algún aspecto de nuestra vida. Queremos hacer cambios en nuestras relaciones de pareja, en nuestro trabajo, en nuestros hábitos, pero no sabemos cómo, y es cuando buscamos la ayuda de un psicoterapeuta. En el consultorio es común ver pacientes que se sienten así porque no pueden dejar ir alguna creencia acerca de sí mismos. Están atorados en su historia, y al no dejar ir una antigua concepción de sí mismos, es difícil avanzar. Lo mismo pasa con las percepciones y creencias del ambiente que nos rodea. Estamos tan seguros de que las cosas son como creemos, que nos aferramos a las emociones que esta creencia nos causa. El problema es que nuestras mentes y corazones no tienen un botón de encendido/apagado, y entre más batallamos y nos comprometemos con estos pensamientos y sentimientos disruptivos, peor se vuelven.

    Por eso es importante hacer consciencia de que no somos nuestros pensamientos y sentimientos. Es difícil verlo algunas veces, vivimos en nuestra propia cabeza, y cuando tenemos pensamientos que dan miedo o nos estresan o nos preocupan, podemos convencernos de que estamos dañados.

    Un buen terapeuta puede ayudarnos a ver que no somos la suma de nuestros pensamientos y sentimientos atemorizantes. Un muy buen terapeuta puede ayudarnos a ver y entender porque nos sentimos ansiosos, preocupados, o sufrimos con pensamientos catastróficos. No estamos rotos ni defectuosos por no poder controlar del todo todos nuestros pensamientos, sentimientos y estado interior, y nadie es completamente feliz todo el tiempo.

    La evolución juega un papel muy importante en nuestros pensamientos. Estamos hechos para esperar lo peor, porque eso permitía que el ser humano sobreviviera en este planeta. Este instinto no es un indicador de que estés roto. Al contrario, significa que estas equipado para operar de manera consistente como ser humano evolucionado.

    Como humanos, aguantamos mucho. Muchos de nosotros pasamos por tribulaciones inimaginables, todos experimentamos duelos y cambios. Ir a terapia no es un signo de debilidad, por el contrario, es un signo de fortaleza. Se necesita mucha fuerza para enfrentar algunos temas. Es inspirador ver la resiliencia de algunos pacientes, que pasan por muchas cosas, y no se frenan. Al contrario, asisten a sesión y se hacen cargo de sí mismos, de sus pensamientos, sentimientos e historia, y hablan acerca de algunas partes de su persona que muchos otros deciden ignorar. Eso es muy valiente.

    Me parece muy reconfortante saber que sin importar los problemas que cargamos, sin importar que tan raros y oscuros nos sintamos, no estamos solos.

  • Engancharse en el dolor… o dejarlo fluir.

    El dolor es uno de los grandes maestros en la vida, pero es importantísimo moverse a través de él y no atorarse ahí.

    El dolor viene y va. Es sólo uno de los muchos componentes del gran ciclo de la vida. Y cuando lo vivimos como tal, el dolor puede servirnos como un gran maestro. Es cuando nos enganchamos en el dolor cuando se vuelve perjudicial para nuestro bienestar y desarrollo. Si empiezas a notar que te sientes cerrado, resentido, con el corazón pesado, o que tratas con todo de evitar que te lastimen otra vez, tal vez haya una parte de ti que está atorada en el dolor. Tener el dolor como compañero de vida puede hacer que te pierdas de muchas experiencias, y no solo hablo de las grandes experiencias de la vida, incluso de las cosas cotidianas como el disfrute de una charla o de una canción.

    Podemos engancharnos en el dolor por muchas razones. De niños, nos es natural llorar, hacer un berrinche, y dejar que la experiencia nos mueva hacia adelante. Al dejarnos sentir nuestro dolor del todo de esta manera, nuestras emociones nos limpian, dejándonos abiertos y disponibles para nuevas experiencias. Sin embargo, con la edad, hemos ido aprendiendo como la expresión total de nuestras emociones ya no es apropiada, así que desarrollamos una variedad de estrategias para hacerle frente a nuestra incomodidad. Pudimos haber aprendido a enterrar nuestras emociones o a huir de ellas. Tal vez empezamos a pensar que al cerrarnos y no tratar cosas nuevas, estaríamos a salvo de sentirnos con el corazón roto, a salvo del rechazo, y a salvo del fracaso. Incluso tal vez nos acostumbramos a estar sufriendo, tanto, que nos da miedo estar sin sufrir, porque qué haríamos sin eso que nos ocupa tanto la mente. Pero, si seguimos aferrados al dolor más tiempo del necesario, estamos gastando mucha energía que podría ser canalizada en hacer nuestra experiencia en la vida más positiva.

    Si estas conectado de manera continua con estos patrones de dolor ya tan conocidos, considera abrirte a conectar de manera consciente con ellos y dejarte sentir el dolor para después dejarlo ir. Ya sea un dolor de la infancia o de algo que te pasó la semana pasada, ve si puedes darle lugar para elaborarlo y luego dejarlo fluir. Cuando esto pase, vas a poder reconectar con la energía de vida que necesitas para ser feliz.