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Deja de odiarte

Ha habido periodos en mi vida en los que me he odiado a mi misma. Sólo de verme en el espejo cruzaban 87 pensamientos negativos, y de ver una foto podía encontrarme 18 defectos solo de los hombros para arriba. Y no sólo era la parte física, odiaba mi mente, mis miedos, mis sentimientos, y mis pensamientos. Mi corazón estaba lleno de críticas y juicios, era como ser bulleada por la niña más cruel de la escuela pero sin descansar en las tardes o los fines de semana. Yo era mi peor bully.

El autodesprecio… un lugar del que no hablamos de manera sincera tanto como se necesita y del que se piensa que es imposible salir, como si fuera nuestro karma.

Estamos viviendo un momento en el que estamos rodeados de frases de moda de auto cuidado y amor a uno mismo, yo misma lo hago, diario las pienso, las pongo en una imagen bonita y las comparto… pero… P-E-R-O… ¿sirve? ¿alguien se siente más seguro de si mismo o más feliz? Algunas personas tal vez si, otras tal vez alcancen a pensar en si mismos diferente (por lo menos un ratito), tal vez alguien busque ayuda a partir de eso… El problema es que al hablar de auto cuidado y amor a uno mismo no es suficiente, incluso algunas de las cosas que pretendemos como auto cuidado pueden llevarnos a pensar incluso peor de nosotros mismos cuando no están alimentadas de sinceridad e integridad.

Ser tu propio amigo es más que consentirte con indulgencias o lavarte el coco tú solito. Cuando somos amigos de nosotros mismos, podemos disfrutar no tener plan el viernes en la noche y andar sin maquillaje el domingo. Significa que te sientes cómodo de quedarte en casa sin la necesidad de ver Netflix todo el día mientras te comes un bote de helado, o sentirte de la misma manera, cómodo, saliendo si tienes ganas.

Es porque nos gustamos a nosotros mismos. Disfrutamos de nuestra propia compañía.

Significa pasar menos tiempo justificando nuestras decisiones, porque tenemos más seguridad en lo que queremos. No tenemos que saturar nuestra agenda con compromisos sociales o eventos del trabajo para sentirnos importantes.

Y, significa que no necesitamos estarnos reasegurando a nosotros mismos constantemente con frases que a veces ni siquiera nos llenan de manera genuina. Significa que no necesitamos depender de otras personas para que nos validen. Significa que no necesitamos darle gusto a todo el mundo para abrirnos paso en nuestras relaciones.

Hace unos años, empecé el viaje más importante de mi vida: conocerme… con la esperanza de dejar atrás a la bully que era para mi misma.

Algunas de las cosas más importantes que hice:

Invertí tiempo

Cuando queremos conocer gente, salimos. Cuando buscamos pareja, vamos a varias citas. Si vamos a ver a alguien cercano a nuestro corazón que vive lejos, nos enganchamos en conversaciones de calidad.

Sabemos que llegar a conocer a una persona toma tiempo, y elegimos invertirlo. Salimos, probamos cosas nuevas, y compartimos nuestros lugares y cosas favoritos. Abrimos una parte de nosotros mismos para que nos puedan conocer.

¿Y si eligiéramos invertir tiempo en nosotros mismos de esta manera?

Ve a ver la película que quieres ver, o come en un lugar que llevas un rato queriendo probar, busca tu lugar favorito para ver el atardecer, ve a terapia por gusto, no sólo cuando lo necesitas desesperadamente, haz tiempo para encontrar un hobby que te llene, sal sin tu teléfono, escucha tus pensamientos mientras haces quehaceres, siéntate en tu silla favorita 10 minutos, solo porque es tu silla favorita y la quieres disfrutar.

Para conocernos, tenemos que pasar tiempo con nosotros mismos, escuchar nuestros pensamientos y poner atención. Cuando nos tratamos a nosotros mismos con calidad, en lugar de indiferencia, nos damos la oportunidad de ver lo que somos.

Puse atención a mi lengua y mande a la goma las mentiras

Lo que nos decimos a nosotros mismo, y lo que decimos de nosotros mismos, importa.

Imagina estos tres tipos de amistades: el que te sigue todo el día para decirte cosas negativas y criticarte; el amigo que te miente constantemente y se justifica para mentir; el amigo positivo y lleno de energía al punto de la locura.

Uff. Ninguna de estas amistades son sanas. Probablemente no conservaríamos a ninguno de estos amigos en la vida real.

En las amistades genuinas, alentamos y animamos a nuestros amigos. Les damos el beneficio de la duda. Somos honestos. Vemos más allá de sus defectos y elegimos sus cosas buenas. Compartimos lo bueno y lo malo, emociones y experiencias, para apoyarnos.

Deberíamos tratarnos a nosotros mismos igual.

Dejé de esperar que TODOS me aceptaran (y me quisieran)

Cuando empecé a pasar más tiempo sola, me di cuenta de lo mucho que había aprendido a depender de la validación externa. Pero sentada en mi mecedora al final del día, yo sola, no podía esconder mis pensamientos o mi personalidad en conversaciones agradables, bromas o tratando de darle gusto a alguien más. Bajándole un poco a las redes sociales, tuve menos likes y validación instantánea. Con estas muletas sosteniéndome, aprendí que la aceptación de los otros no es un fundamento sólido para una persona.

Simplemente no lo es. No como adulto.

Nadie puede querernos lo suficiente como para que nos queramos sólo por eso. No hay cumplidos, invitaciones o porras digitales que alguien pueda echarte suficientes para que nuestro cerebro deje de creer lo que nosotros mismos le decimos.

Incluso si fuera posible, no podemos depender de ellos las 24 horas del día para darnos un suministro de confianza al cual recurrir un miércoles cualquiera a las 7:30 cuando entremos en crisis. Sería pedir demasiado.

Vivimos en nuestro propio cuerpo. Ocupamos nuestra propia mente. Somos los mejores candidatos para conocernos a nosotros mismos y ser nuestros mejores amigos. Somos responsables de sentirnos bien en nuestra propia piel y con respecto a nosotros mismos.

Evité la evitación… y dejé todas las distracciones

En nuestro camino a conocernos a nosotros mismos, en algún momento tendremos que enfrentar lo difícil.

Esos defectos que nos hacen corto circuito y nos ponen fuchi. Los errores que nos parecen imperdonables. Los pensamientos que sabemos que no son sanos pero que no hemos podido mejorar.

Puede ser incómodo, y dar mucho trabajo. Habrá momentos difíciles y días en los que tendremos que enfrentarnos a cosas de nosotros mismos que no nos gustan.

Puede ser un lunar. Una ceja chueca. Algo que dijiste en la junta de la 1:00 y que te hizo sentir mal. Los pensamientos oscuros que tienes de ti mismo.

Nuestros demonios no se van a ir solos, tenemos que enfrentarlos. Sin excusas. Sin evitaciones. Sin distracciones.

Es como enfrentarte al Coco, a ese que se esconde en tu closet y que has estado evitando por meses, viéndolo a los ojos y decirle “ya te vi, y me das miedo, pero estoy lista para enfrentarte y aceptar que estas en el closet de mi cuarto”.

Claro que en la vida real sonaría más a algo así como “Dije una tontería. Siempre me apanico con X persona y me pasó hoy otra vez, pero ya pasó y puedo intentarlo de nuevo después”.

Tal vez el lunar todavía exista, la ceja nunca se enderece y digamos tonterías muchas veces más… pero nuestra conversación mental con respecto a esos temas puede cambiar.

Enfréntalo. Escucha tus juicios. Experimenta tu reacción emocional. Y enfréntalo más. Da un paso atrás y observa el panorama más grande. Cuando enfrentamos a nuestros demonios, empezamos a transformar nuestra relación con nosotros mismos.

Y no tenemos que seguir teniéndoles miedo.

Decidí ya no aceptar el bullying

No hay virtud en el autodesprecio. Odiarnos a nosotros mismos no es humildad. Es bullying.

Con tantas cosas bonitas, divertidas, interesantes e importantes que hacer en este mundo, no deberíamos desperdiciar el tiempo en la vorágine del autodesprecio. Podemos decidir que ya no vamos a aceptar ser bulleados.

En algún punto, debemos aceptar la responsabilidad que tenemos de cultivar la amistad con nosotros mismos y rechazar el bullying que nos hacemos. Nadie puede hacer eso por nosotros. Es una labor propia.

Toma tiempo, y cuesta trabajo. No siempre lo hacemos bien y no nos vamos a convertir en nuestro mejor amigo de manera automática.

Pero, con un poco de paciencia, un poco de atención, un poco de armonía, podemos aprender a ver nuestras fortalezas y nuestro progreso, en lugar de nuestros errores y defectos. Podremos disfrutar nuestras decisiones y logros, en lugar de vivir en la comparación con los demás. Podemos sentirnos completos y disfrutar quienes somos… como somos.

Tener paz… se siente bien.

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Cómo dejar de procrastinar, mentirnos a nosotros mismos, y meternos solos el pie.

Ahhh… la motivación: El enigma más grande de todos.

¿Qué nos motiva, y que nos ayuda a mantener ese sentimiento?

Me he preguntado muchas veces qué es lo que da empuje, lo que motiva, el antes y el después de cualquier tipo de éxito. Es muy fácil sentirse emocionado frente a una nueva idea o un nuevo plan y empezarlo si estamos realmente entusiasmados y listos.

Piensa, por ejemplo, cuando empiezas una nueva dieta o programa de ejercicios, o en la explosión de energía que exudas cuando te quieres volver organizado. Deseamos el resultado final, pero ser capaces de mantener esa emoción, la motivación para llegar ahí, es harina de otro costal.

¿Cómo hacerle para mantener la motivación para alcanzar a ver las cosas completadas? Y una vez que llegamos a la meta, ¿cómo nos mantenemos motivados para mantener esos gloriosos resultados de nuestros esfuerzos?

La respuesta tiene que ver con las acciones, antes y después.

El “antes” de la acción es fácil, vemos algo y lo queremos.

Por ejemplo, vemos la imagen de una persona atlética, y podemos pensar “yo me quiero ver así” y ¡pum! el deseo de cambiar está ahí. Cualquier día, podemos tener muchas mini inspiraciones, por ejemplo, “desde hoy, voy a llegar a tiempo”, o “voy a limpiar mi casa dos veces a la semana sin falla”, o “voy a hacer ejercicio todos los días”.

Siempre es muy fácil hacer este tipo de declaraciones. A veces, la motivación viene simplemente de un deseo, o de tener un sueño que puede ser llevado a cabo. Cuando creemos desde el corazón que una meta es alcanzable, nos ponemos en acción y alimentamos esa meta. Pero, la meta debe ser realmente importante. Es difícil que tomemos acción para alcanzar algo que no es tan importante para nosotros.

La parte del “después”, mantenernos motivados, viene de la expectativa.

Con la pérdida de peso y el ejercicio (por ejemplo), mantener la motivación viene de la añoranza, y constantemente recordarnos cómo nos sentíamos en algún momento antes de haber cambiado, o de imaginar cómo nos vamos a sentir. Mantenernos en el peso una vez que lo alcanzamos debe ser mucho más importante que cualquier incomodidad o molestia pasajera que sintamos cuando no podemos tener eso que queremos (una rebanada extra de pastel o pizza, por ejemplo). Si pretendemos mantener ese peso extra fuera de nuestra vida, no podemos acostarnos en el sillón a ver la tele todos los días. Siempre se va a requerir acción.

¿Cómo nos autosaboteamos?

Procrastinamos y mentimos.

El cambio no es fácil porque tenemos que perder algo para poder cambiar. No podemos mantenernos en nuestra zona de confort y esperar que nuestras metas se manifiesten mágicamente.

Pero las buenas noticias es que siempre es menos lo que perdemos de lo que nos imaginábamos. Pensemos por ejemplo en los malos hábitos.

Alguien que está tratando de dejar de fumar tiene que hacerse a la idea de que no va a tener su break de cinco minutos para el cigarrito cada hora – gran parte del proceso de dejar un mal hábito es la renuncia emocional, no solo la física. Un cambio saludable nunca es divertido si lo seguimos aplazando, y seguimos mintiéndonos inventando razones por las que nos es imposible hacerlo. Decimos cosas como “el próximo año” o “mañana” o el famoso “el lunes empiezo”, incluso cosas más trascendentes como “cuando las cosas estén más tranquilas en el trabajo” o “simplemente es muy difícil para mí”.

La motivación tiene mucho que ver con ser capaces de visualizar cómo nos vamos a sentir cuando finalicemos, cuando vamos haciendo los cambios necesarios. No podemos esperar a que llegue la motivación, necesitamos actuar, aunque sea de una manera mínima. La motivación continua muy frecuentemente se alimenta de los resultados. Y no vamos a tener resultados si no estamos actuando.

Primero, haz algo pequeño.

Los pequeños cambios van construyendo el camino para los cambios más grandes.

Antes de dominar un cambio enorme, deberíamos de tratar con algo más chico. Tal vez queremos tomar menos azúcar en el café, una cucharadita en lugar de dos. Tal vez podemos intentar eso durante tres semanas. Después de tres semanas, tal vez ya no se nos antoje esa segunda cucharadita.

Tal vez queremos contar hasta 10 antes de gritarle a nuestros hijos. Tal vez queremos lavar toda la ropa los domingos por la mañana. Tal vez queremos escribir de manera constante o hacer contacto con un cliente potencial al día.

Nuestra habilidad para tomar acción para lograr los grandes cambios, se vuelve más posible y probable cuando vamos acumulando pequeños éxitos.

Recuerda que un poco de decepción es inevitable. Vamos a experimentar el fracaso. Pero el fracaso es una oportunidad para darle un giro a nuestras acciones. Lo que hacemos con la decepción puede marcar la diferencia entre lograr nuestras metas o no.

Algunos de nosotros renunciamos cuando no vemos resultados. Detestamos la lucha diaria que muchas veces es necesaria para avanzar. No hay una manera directa o inmediata de llegar al éxito, para muchos, la búsqueda ni siquiera empieza.

Es bueno recordar que la fortuna favorece a los valientes, y que la acción por sí misma va a hacer camino.

Uso mucho la frase “ay ya supéralo”… me he tenido que decir a mi misma “No me gusta, no estoy cómoda, no lo quiero hacer, pero ya, lo voy a superar y aún así lo voy a hacer”, y en esos momentos, cuando tomo acción, a pesar de mis sentimientos, termino sintiéndome feliz de haberlo hecho, y motivada por mis decisiones positivas de cara a mis emociones negativas.

Ojo, esto es en acciones que me lleven a mis metas, no para hacer cosas dañinas para mi.

Decide qué es lo que importa y que tú importas.

La atención y el esfuerzo forman parte de la ecuación de la motivación.

Debemos estar dispuestos a sacrificar tiempo de otras áreas de nuestras vidas para darle a nuestra meta la atención y el esfuerzo que necesita.

Con el ejercicio, normalmente me encuentro satisfecha una vez que terminé. No estoy tan feliz durante la primera media hora, pero un poco después, empiezo a sentir motivación. Mi motivación me mantiene haciendo ejercicio, una vez que ya lo estoy haciendo, no antes de empezar.

Ahora, no todos los días son buenos. Vamos a tener nuestros “momentos humanos”, esos en los que queremos renunciar, en estos momentos es importante respirar, superarlo, y simplemente, empezar otra vez. Lento y constante. Nada que valga la pena tener o hacer viene masticadito y en la boca o sin obstáculos.

La motivación se trata de decidir lo que realmente es importante para nosotros, y que lo valemos. Somos lo suficientemente importantes como para hacer cambios. Se trata de vivir nuestra vida al máximo potencial, y amarnos lo suficiente como para hacer el trabajo necesario para poder disfrutar al máximo esta maravillosa vida que es nuestra.

Se trata de dejar ir la “esperanza” y aferrarnos a la acción. Acción, no esperanza, es lo que hace la diferencia.

Si lo ves así, capturar y mantener la motivación es un rompecabezas completo.

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Cultivando resiliencia

¿Porqué algunas personas evolucionan a lo largo de sus vidas y otras permanecen atoradas en el mismo lugar?

Creo que tiene que ver con la resiliencia.

Una manera de pensar la resiliencia es la habilidad de volverse fuerte, sano o exitoso después de que algo malo pasa.

El problema, y la ventaja, es que no nacemos con una dosis fija de resiliencia, sino que es algo que vamos construyendo y trabajando a lo largo de nuestra vida. Es cómo un músculo que podemos descubrir y moldear para llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos. ¿Y cómo?

Hay varias maneras de cultivar la resiliencia a lo largo de la vida.

Construye gratitud: ser capaz de agradecer y apreciar es clave para la resiliencia. Las personas que se toman el tiempo para pensar en lo que agradecen son más felices y más sanas. La gratitud se alimenta a sí misma. Podemos agradecer que tenemos un techo o a nuestra familia y amigos, podemos agradecer como el mundo gira alrededor del sol y sus rayos nos besan la piel todos los días, podemos agradecer un árbol que nos da sombra, o agradecer cada vez que sentimos nuestro propio aliento sobre la piel. Entre más practiquemos este “notar las cosas buenas” en nuestra vida, más fácil va a ser encontrar los beneficios y las cosas buenas en los tiempos difíciles.

Ten sentido del humor: convertir los momentos difíciles en momentos graciosos se traduce en más risas y al mismo tiempo más luz en los momentos oscuros.

No te anestesies: todos tenemos escapes, a veces comemos, a veces tomamos, vemos la televisión o nos vamos de compras. Esto raya cerca de la adicción y es contraproducente para desarrollar la resiliencia. Cuando estamos cerca de estas adicciones, le damos energía a nuestra poca capacidad para lidiar con la vida, en lugar de alimentar nuestra resiliencia. Hacer consciencia de nuestras tendencias a anestesiarnos puede prevenir que nos clavemos en eso más adelante.

Pide ayuda: parte de ser fuerte es saber que a veces necesitamos ayuda. Hacernos al hábito de pedir ayuda, desde encontrar un terapeuta hasta decirle a tu pareja que te gustaría que te ayude a doblar la ropa, puede interrumpir el pensamiento que constantemente nos dice que tenemos que hacer todos solos. La habilidad de recibir ayuda es crucial para construir un bloque de resiliencia.

Encuentra el propósito: en algunos sentidos, el sufrimiento cesa de ser sufrimiento en el momento en el que le encontramos un significado, algunas personas encuentran sentido después de que les pasa una tragedia, o después de ayudar a alguien que está atravesando por una, algunos hacen arte, otros escriben libros, otros dan pláticas. La práctica de encontrar pequeños destellos de bondad puede ayudar a sobrevivir lo impensable.

Tomarte el tiempo para cultivar la resiliencia trae esperanza en nuestras vidas, ya sea para enfrentar el estrés de cada día, o los grandes retos de la vida.

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Para esos días difíciles…

Esto es para esos en los que nos duele el corazón, que pulsa furioso, con dolor.

Para esos días en los que nos aguantamos las lágrimas, tratando por todos nuestros medios de mantenernos en pie.

Esto es para esos días en los que nuestra alma se siente pesada, en los que nuestros hombros pesan, y pareciera que están abajo, muy abajo.

Esto es para esos días en los que salir de la cama nos hace sentir como los máximos ganadores, como si solo por poder hacer eso mereciéramos un premio.

Esto es para esos días en los que temblamos de enojo, en los que cualquier cosa nos hace explotar.

Esto es por esos días en los que nos sentimos vacíos, inútiles e invisibles, como un fantasma hambriento.

Si.

Esto es para esos días realmente difíciles.

Esos días que nos hieren, dejándonos desnudos y exhaustos, temblando en la oscuridad.

Esos días en los que lo único que queremos es darnos por vencidos.

Esos días en los que queremos subir muy lejos, realmente lejos.

Pero, no podemos.

No podemos huir. O escondernos. O rendimos.

Porque si lo hacemos, la única persona de la que estaríamos huyendo sería de nosotros mismos.

Dándonos por vencidos.

Escondiéndonos de nosotros mismos.

Así que, si, podemos tratar de escapar e irnos lo más rápido posible cuando las cosas se ponen difíciles.

Pero la cosa es, que cuando más nos necesitamos a nosotros mismos es cuando las cosas se ponen neto difíciles, en esos días terribles.

Quedémonos.

Vamos a aguantarlos hasta el fin.

No necesitamos entender lo que estamos sintiendo.

No necesitamos analizarlo.

Lo único que necesitamos es quedarnos y soportarnos a nosotros mismos.

¿Cómo?

¿Qué podemos hacer?

Podemos ser audaces y sumergirnos directamente en la dureza del día, sintiendo como el agua helada va goteando sobre nuestro corazón, haciendo hermosas figuras de hielo.

Podemos correr directamente hacia nosotros mismos, recibiéndonos con los brazos abiertos, una sonrisa de apoyo y una taza de té.

Podemos comprarle un hermoso ramo de flores a nuestra golpeada alma.

Podemos hacernos un tiempo y llorar 1000 lágrimas cristalinas, para poder ver el cielo claro una vez que esa lluvia de lágrimas saladas haya pasado.

Podemos bañar nuestra alma de burbujas, con olor a lavanda y tomar un profundo suspiro.

Podemos retirarnos por un momento del mundo, meternos debajo de las cobijas, suspirar, gemir, y dejarnos doler.

Podemos preguntarnos a nosotros mismos: “¿qué puedo hacer por ti en este momento?”

Podemos ser muy atrevidos, poner nuestro corazón en la mano y pedirle a un amigo en el que confiemos una dosis extra grande de apoyo.

Podemos acurrucarnos en posición fetal y llorar en nuestros mats de yoga.

Podemos escribir, pintar, cantar y bailar nuestro dolor, nuestro dolor apasionado, nuestro dolor malvado, y expresarlo son barreras, creando arte mágico a partir de nuestra locura.

Podemos escuchar música melancólica y llorar o gritar o temblar hasta que nuestro corazón se sienta aliviado.

Podemos pedirnos ayuda, darnos la mano y apretarla fuerte.

Sí.

Hay mil cosas hermosas que podemos hacer para apoyarnos a nosotros mismos.

Así que hagamos un trato, nunca nos abandonemos, nunca nos abandonemos otra vez.

Nunca.

Porque, si… hay días difíciles. Increíblemente difíciles.

Pero pueden ser sustanciosos también.

Pueden ser transformadores.

Pueden ser hermosos.

Pueden estar llenos de inspiración.

Pueden estar llenos de creatividad.

Pueden ser exactamente lo que necesitamos.

Así que seamos súper rudos y enfrentemos esos días con la frente en alto y nuestro corazón en la mano, bien cuidado.

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Recordatorio

El duelo tiene diferentes etapas. No hay un tiempo definido para cada una. Tómate tu tiempo para elaborarlo, y da lo mejor de ti para que no te impida hacer las cosas que amas, las cosas que necesitas, las cosas que quieres. Sigue luchando, sigue esforzándote, recuerda que hay gente que te ama y que se preocupa por ti, así que no te aisles. Algún día te sentirás paz otra vez.

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De viejos dolores

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Todos hemos sufrido, a todos nos han lastimado. Desde que eramos unos lindos bebés sin nada que temer. Y probablemente, incluso hoy mismo te hayan lastimado. Es parte de vivir. Es parte de nuestra realidad. Hay historias muy trágicas de gente a la que han lastimado. Hay historias que no son tan malas, pero son igualmente dolorosas.

El problema es que nos aferramos al dolor. Como si fuera nuestra cuerda de vida. Pensamos una y mil veces en lo que nos pasó. Lo hablamos. Odiamos a quien nos haya lastimado por días, meses o años. Y no lo entendemos. No entendemos el dolor, ni el porqué de su profundidad.

Por supuesto que no hay una fórmula para entenderlo. Cada historia es diferente. O sea, la misma persona es diferente a lo largo del tiempo, y va cambiando su comprensión de lo que haya pasado.

El problema es que nos aferramos al dolor. Como si fuera nuestra cuerda de vida.

Y he venido pensando en esto a partir, por supuesto, de mi misma, pero también de las personas que me rodean.

Este fin de semana vi a parte de mi familia. He de decir que mi familia es… mmm… complicada. Para fines de lo que quiero decir, importa que mis padres son divorciados, y que después de años de un divorcio cordial, por fin se cansaron y empezaron una relación, digamos, menos cordial. Por supuesto que en mi familia pasa lo que en todas las familias: hay enojos y rencores no sólo por lo que te hayan hecho a ti, sino por todo lo que nos hemos hecho entre todos. Cosa que claro, complica las relaciones.

Muchos años he escuchado a mis padres quejarse uno el otro, hacer comentarios “simpáticos” contral el otro, bromas crueles, y claro está, agresiones directas. No es tan malo como se ve por escrito. Pero no es bueno.

La cosa es que este fin de semana vi a mi padre (quien, por cierto, no vive en la misma ciudad que yo), y se quedó un par de noches en mi casa. Mi relación con él no ha sido la mejor, hemos tenido un camino con harto bache y hoyo, y una que otra roca que atravesaba el camino entero, pero también ha sido una carretera con vistas muy lindas. La verdad es que nos parecemos, cosa que a veces complica las cosas, porque somos igual de tercos e inamovibles, tenemos un humor acidito, y somos de costumbres arraigadas (que es otra manera de decir que somos bien pinche necios). Los dos solíamos tener un genio de aquellos, pero creo que ambos nos hemos suavizado. Claro que bajo este precedente mi madre se estresa mucho cuando lo voy a ver, y si agrandamos el combo y lo hacemos extra grande añadiendo una media hermana, la cosa se pone mejor.

Mi madre no dejó de repetirme cómo iba yo a sufrir el fin de semana. Pero, no pasó. Y creo que hasta el momento ella no lo acaba de creer. Mi papá se portó bien, yo me porté bien, mi media hermana se portó bien. Fue una convivencia cordial. Raro, pero cierto.

Y a pesar de haberlo dicho ya, mi madre parece no acabarlo de creer, y de decirme, con un dejo de amargura, que qué mal la he de haber pasado.

No he podido dejar de pensar en cómo la han de haber lastimado, y en cómo ella no lo ha podido dejarlo ir.

A mi también me lastimaron. Mucho. Quienes me conocen a fondo lo saben, incluso quienes no me conocen tan bien lo saben. Mucho tiempo estuve muy resentida con mi padre, me sentí muy herida por él. Y sin embargo, aunque no niego que sí me puse nerviosa, la pasé bien. En parte porque decidí dejar de lastimarme a mi misma. Decidí que ese viejo dolor no me iba a lastimar más, por lo menos este fin de semana. Decidí que este fin de semana, iba a ser feliz, con lo que se me presentara. Y lo fui.

Se puede decidir no aferrarse al dolor.

A lo que voy es que se puede. Se puede decidir no aferrarse al dolor. Se lo digo a mis pacientes, y es una creencia que tengo: se vale que te acuerdes, se vale que te duela, pero no se vale que anides en el dolor y vivas ahí. Al único que lastimas es a ti mismo, la otra persona ni siquiera se va a enterar.